Clarivius Narcisse, el zombi más famoso del mundo: “Morí el 3 de mayo de 1962 y fui enterrado aquí, al día siguiente. Me metieron aquí debajo y estuve más de dos días sepultado. Después vinieron a buscarme”.
Los zombis han formado parte de nuestras pesadillas desde que éramos niños. Eran tan sólo un mal sueño del que nos despertábamos sudorosos y aterrorizados, pero con la convicción de que ese ser existía sólo en nuestra imaginación. Sin embargo, en la actualidad podemos afirmar que estos seres que amenazaban la tranquilidad de nuestros sueños infantiles constituyen una triste realidad en determinados lugares del mundo.
No existen fuentes fiables que sitúen el origen del término zombi. Podría descender del vocablo congoleño Nvumbi, que significa “cuerpo sin alma”, o Nsumi, en congoleño “demonio”. Otros autores consideran que es una palabra acuñada por los criollos de las Antillas. Pese a la confusión sobre el origen del término, su significado está bastante claro si nos referimos a este terrorífico ser con las palabras “muerto viviente”.
La primera referencia a los zombis se encuentra en la novela de Paul Alexis Blessepois, “Pierre Corneille: Le Zombi du Grand-Perou ou la Comtesse de Cocagne” (1697). La creencia en los muertos vivientes no se popularizó hasta principios del siglo XX, cuando la Compañía Americana de Azúcar Haitiano (HASCO) comenzó a exigir más mano de obra para recolectar la abundante producción de caña de azúcar. La leyenda cuenta que fue entonces cuando los brujos vudú comenzaron a efectuar la magia negra para crear trabajadores sumisos y cobrar el importe de sus salarios.
La leyenda cuenta que la zombificación se lleva a cabo por un bokor (sacerdote de vudú) que mediante magia negra arrebata el alma de su víctima cuando ésta se halla moribunda o acababa de fallecer. Para mantener anulada su voluntad, el brujo conserva el alma del desgraciado en una botella. Una vez más, se cumple la manida expresión de que la realidad supera cualquier ficción. Los zombis existen, pero son personas que han permanecido en un estado de muerte aparente gracias al uso de determinadas sustancias venenosas. A finales del siglo XX, el canadiense Wade Davis, profesor de antropología y etnobotánica en Harvard, viajó a Haití para estudiar la veracidad de la leyenda de los zombis. Los resultados de su investigación conmocionaron al mundo. Davis no sólo afirmó que los zombis existían, sino que existen sustancias que permitirían transformar a una persona en un zombi. En sus obra “Passage of Darkness: The Ethnobiology of the Haitian Zombi” (1988), Davis informaba que los brujos utilizaban dos tipos de sustancias para llevar a cabo su macabra labor. La primera de ellas le permitiría reducir a la víctima a un estado de muerte aparente durante días. La víctima sería enterrada por sus familiares, que dejarían así el camino libre para el brujo. El ingrediente principal de esta sustancia sería la tetrodotoxina (TTX), un poderoso veneno que se extrae del pez globo y que administrada en grandes dosis puede generar un estado de muerte aparente o catalepsia en el individuo. Una vez la víctima ha sido enterrada, el brujo la “resucitaría” mediante una sustancia desconocida, que algunas fuentes identifican como datura estramonium, una planta alucinógena conocida popularmente en Haití como pepino zombi.
Las aportaciones de Davis sobre los zombis no se limitaron a ese punto, sino que divulgaron la historia de un muerto viviente real: Clarivius Narcisse, al que se considera el primer zombi reconocido por la ciencia. Davis pudo divulgar su historia gracias al doctor Lamarque, director del centro de psiquiatría y neurología que trató a Narcisse. Éste fue encontrado el 18 de enero de 1980 vagando semidesnudo en las afueras de Gonaives, su pueblo natal. Una partida de defunción emitida el 3 de mayo de 1962 certificaba que había muerto en el hospital haitiano Albert Schweitzer, en Gonaives. Cuando Narcisse se recuperó lo suficiente para contar su dramática experiencia, sus palabras dieron la vuelta al mundo. Clarivius explicó detalladamente el ritual de zombificación al que había sido sometido. Durante más de dos años trabajó como esclavo en una plantación. Cuando ésta cerró, fue abandonado hasta que tuvo la suerte de llegar a su pueblo, donde fue recogido por un hospital psiquiátrico y tratado por el doctor Lamarque. La terrorífica odisea de Narcisse motivó que medios de comunicación enviados de todas partes del mundo se desplazaran a Haití para entrevistar al protagonista de una de las exclusivas más importantes de la época. Ante una de esas cámaras de televisión, Narcisse enseñó su tumba y contó su terrorífica historia: “Ésta es mi tumba, aquí es donde me enterraron. Cuando fallecí me metieron en esta tumba. Yo morí el 3 de mayo de 1962 y fui enterrado aquí al día siguiente. Me metieron aquí debajo y estuve más de dos días sepultado. Después vinieron a buscarme. Me llamaron. Oí que me decían, -¡levántate!-, y yo me levanté y salí de la tumba contestando a los que me llamaban. Estaba muy agitado. Me senté en la tumba y me amarraron los brazos con cuerdas. Después me tuvieron trabajando en una plantación durante dos años y nueve meses…”. Un valioso testimonio que es el recuerdo de la vivencia de un personaje que, según citan algunas fuentes, ya ha pasado a mejor vida. (Esperemos que esta vez el anuncio de su muerte sea real y no la pantomima de 1962).
En Haití, los zombis son una terrorífica realidad que forma parte del día a día. Según informan los investigadores españoles Iker Jiménez y Carmen Porter en su libro “Milenio3: El libro” (Aguilar, 2006) el temor de las familias a que sus seres queridos sen convertidos en zombis determina que cuando mueran sean enterrados en las parceles o jardines de sus casas. En la ley tradicional del vudú la pena máxima no es la condena a muerte, sino la zombificación. La sal es el antídoto popular contra la zombificación. Las categóricas afirmaciones de Jiménez y Porter están respaldadas por dos directores de documentales de televisión, Juan José Revenga, presidente de la Sociedad Geográfica y Antropológica Española y productor de documentales en Televisión Española y Juan José Revenga, de Transglobe Films, quien llegó a sufrir en su propia carne un intento de zombificación.
La existencia de una ley haitiana que prohíbe expresamente la zombificación es objeto de una acalorada polémica periodística. Mientras que unos la niegan (quien sabe si por desconocimiento o por escepticismo mal entendido) otros, como Iker Jiménez, llegan incluso a citarla. El artículo 249 del Código Penal de Haití establece: “Cualquier persona que intente quitar la voluntad a otra por medio de hechizos será castigada con la prisión. Peso sí, intentándolo, llega a causar la muerte, será acusado de homicidio”. Asimismo, Jiménez y Porter afirman en su citado libro que en el año 2002 un edicto institucional haitiano recomendó a las familias que enterraran a sus muertos boca abajo y sin ataúd, para evitar que el zombi pudiera alcanzar la superficie de la tierra excavando en la dirección equivocada.
La todopoderosa industria del cine ha contribuido a banalizar la figura del zombi mediante un género saturado que se inicia en 1932 con la película estadounidense “La legión de los hombres sin alma”, dirigida por Victor Halperin. En su mano está, estimado lector de MundoMisterio, creer o no el contenido de este reportaje. En Haití algunos individuos someten a otros mediante drogas, simulando su muerte. Quizás lo mejor sería refugiarse en nuestro escéptico mundo y seguir pensando que los zombis son un mal sueño de niños.
Eso sí, no se olviden tener siempre a mano un puñado de sal, que aunque no vaya a salvarles del ataque de un zombi, siempre es buena para la salud.
miércoles, 22 de julio de 2009
EL "PADRE CORAJE" 2: SED DE JUSTICIA
Cuando en febrero del año 1999 la Audiencia Provincial de Cádiz absolvió a los cuatro acusados del asesinato de Juan Holgado, encargado de la gasolinera Martín Ferrador de Jerez de la Frontera, el Padre Coraje, padre de la víctima, no perdió su fe en la justicia.
Apeló al Tribunal Supremo en demanda de un nuevo juicio porque en su poder obraban un montón de cintas casetes con manifestaciones de Pedro Asencio, uno de los que se habían sentado frente a los jueces y que había resultado absuelto. El Padre Coraje no había conseguido en el primer juicio que las declaraciones contenidas en esas cintas modularan el curso de los acontecimientos judiciales y determinaran el signo de una sentencia que él creía equivocada. Tampoco había podido llegar a esa sala el testimonio inculpatorio de María–José Manzano, ex mujer de Asencio, que se moría de ganas por declarar, por manifestar que su ex le había contestado afirmativamente ante una pregunta directa de ella sobre la autoría del crimen de la gasolinera, apostillando, además, que nunca lo iban a coger por falta de pruebas. Esta mujer iba a jurar ante el tribunal que todo se lo había confesado Pedro Asencio.
Por eso, el día que en julio del 2002 el Tribunal Supremo falló a favor de la familia Huarte y ordenó la celebración de un nuevo juicio que tuviera en cuenta las cintas y las declaraciones de María–José Manzano, el Padre Coraje y su mujer Antonia le vieron de nuevo el rostro a la alegría, a esa esquiva y huidiza alegría que había escapado de sus vidas aquel trágico 22 de noviembre de 1995, fecha de la muerte por acuchillamiento múltiple -28 veces- de su hijo Juan.
La esperanza en la justicia, un tanto apagada después de tres años y cinco meses de estar aguardándola, renacía de nuevo con vigor. El Padre Coraje sabía que ahora las cosas no podrían andar como en el primer juicio. Los cuatro acusados – Pedro Asencio, Paco Escalante, Domingo Gómez y Manuel Sañudo- inclinarían su cerviz ante el peso abrumador de tanta prueba incontestable.
Pero todo iba demasiado lento. El Padre Coraje aún tendría que esperar quince largos meses hasta verse de nuevo en las puertas de la Audiencia Provincial de Cádiz. Era el 20 de Octubre del año 2003. Tres nuevos jueces ocupaban los sitiales de color púrpura de la Sala. Apoyadas sus espaldas sobre el barandal de madera que los separa de la zona del público, se sentaban tres hombres. Franciso Escalante, uno de los imputados, no se presentaba. La espera fue inútil. El tribunal de jueces determinó posponer la celebración de la vista y localizar al incompareciente.
De nuevo se alargaba la espera, de nuevo se dilataba la hora de hacerle justicia a Juan Holgado. Los familiares de la víctima se impacientan. Antonia, su madre, se desespera. Ella cree que los asesinos “siguen riéndose de nosotros”.Pero Francisco Escalante es apresado dos días después. La Sala de la Audiencia fija una nueva fecha para la celebración del juicio. Será el 29 de octubre. Allí acudirán todos; allí estará el Padre Coraje con sus cintas, en las que ha puesto tanta fe.Las sesiones van desgranando los hechos. Ninguno de los inculpados se declara culpable. Ninguno sabe nada de lo sucedido en la gasolinera el 22 de noviembre de 1995. María-José Manzano, ex mujer de Pedro Asencio, confirma el testimonio que un día le trasladó al abogado de los Holgado. Había hablado con Pedro y en un momento dado le había preguntado: “¿No habrás sido tú el de la gasolinera?” Y él le había contestado: “Sí, pero nunca me van a coger porque no hay pruebas”.El Padre Coraje se revuelve en el banco que ocupa entre el público. Las frases que acaba de pronunciar María-José son convincentes; apuntan directamente hacia el autor del crimen. Pero Pedro Asencio no está dispuesto a que esas palabras determinen su suerte. Cuando le toca declarar desmiente a su ex. “Me tiene miedo- dice-. Es para quitarme de en medio”.
En otros momentos, las cintas que con tanto celo ha guardado el Padre Coraje empiezan a hablar. En ellas comparece la voz de Pedro Asencio. Es un hombre que se manifiesta orgulloso de su manejo de la navaja y de que es capaz de sacarles la verdad a los otros implicados en el crimen si es que, acaso, saben algo. También manifiesta en un momento dado que “le voy a dar en el pecho” con balas de verdad a Francisco Holgado, padre del asesinado joven, en el caso de que éste tratara de venir a por él.Las cintas siguen rodando. Se escucha la voz de un hombre – David es su nombre- que cuenta haber oído a los inculpados que iban a dar un golpe en la gasolinera.Los jueces oyen con atención. Esperan algo más. Los abogados tratan de desentrañar sentidos, relaciones de unas palabras con otras. Pero no hay autoinculpaciones, no aparece la palabra clave que despeje las dudas. El magnetófono ha quedado chirriando cuando la última frase grabada en las cintas se ha perdido ya en el aire. El padre Coraje mira expectante a los jueces, pasea su mirada entre los abogados. Para él, el enigma de la muerte de su hijo ha quedado claro, despejado.Pero para él tan sólo. Los demás esperaban algo más concluyente y más definitivo.
Yolanda Castro era otra testigo que podría haber aclarado las cosas. En declaraciones a la policía e incluso en careos efectuados con los acusados había mantenido que ella presenció los planes para atracar la gasolinera. También había oído cómo Asencio, después de cometida la fechoría, declaraba que al muchacho de la gasolinera había sido necesario “darle fuerte” porque se les había resistido. Yolanda Castro presentaba datos de los productos robados y de la cantidad de dinero sustraída de la caja.
Pero ante el tribunal de tres jueces de la Audiencia, Yolanda se vino abajo. Se desdijo de cuanto había declarado en el sumario y lo atribuyó a malos tratos policiales. Yo no sé nada, concluyó, mientras presa de los nervios derramaba lágrimas. Poco más se podía sacar de aquella joven que había presentado un certificado de padecer esquizofrenia paranoide. El abogado de la familia intentó una última incursión en la mente confundida de Yolanda y le formuló la pregunta de si ella participó en el atraco, solicitando de la víctima que le franqueara la entrada a la tienda de la gasolinera. La joven interpelada se alteró sobremanera y exclamó: “¿Ahora me van a meter a mí en esto? ¡Lo vais a pagar todos!”.Los médicos forenses declararon, a su vez, que las pruebas del ADN aplicadas a restos de sangre encontrados en el lugar del crimen no se correspondían con ninguno de los acusados en aquel juicio y que el material orgánico encontrado en las uñas de Juan Holgado “resulta ser de origen animal”.A estos análisis de los especialistas se unió el informe de la policía científica que había verificado pruebas en torno a unas huellas dactilares halladas en el lugar del crimen. Este informe también resultó exculpatorio para los acusados.El juicio había concluido. Ahora sólo faltaba esperar la sentencia. El Padre Coraje se temía lo peor. Unos cuantos testigos de la acusación particular habían retirado sus anteriores declaraciones y todo quedaba reducido al testimonio de la ex esposa de Asencio y a la pobre impresión que habían producido las cintas grabadas con tanto esfuerzo y riesgo personal.Y la sentencia llegó. Se declaraba inocentes a los cuatro hombres que se habían sentado en el banquillo por falta de pruebas que los inculparan. Los 30 años de cárcel que solicitaba la acusación particular para cada uno de los acusados quedaban reducidos a cero.
La sed de justicia del Padre Coraje no se extinguió con esta sentencia. En declaraciones efectuadas tras el fallo de la Audiencia Provincial de Cádiz manifestaba que su lucha iba a continuar. Aún le quedaba “coraje” para dirigirse de nuevo al Tribunal Supremo y tratar de sentar por tercera vez en el banquillo de los acusados a los que, para él, acuchillaron con saña a su hijo Juan.
Apeló al Tribunal Supremo en demanda de un nuevo juicio porque en su poder obraban un montón de cintas casetes con manifestaciones de Pedro Asencio, uno de los que se habían sentado frente a los jueces y que había resultado absuelto. El Padre Coraje no había conseguido en el primer juicio que las declaraciones contenidas en esas cintas modularan el curso de los acontecimientos judiciales y determinaran el signo de una sentencia que él creía equivocada. Tampoco había podido llegar a esa sala el testimonio inculpatorio de María–José Manzano, ex mujer de Asencio, que se moría de ganas por declarar, por manifestar que su ex le había contestado afirmativamente ante una pregunta directa de ella sobre la autoría del crimen de la gasolinera, apostillando, además, que nunca lo iban a coger por falta de pruebas. Esta mujer iba a jurar ante el tribunal que todo se lo había confesado Pedro Asencio.
Por eso, el día que en julio del 2002 el Tribunal Supremo falló a favor de la familia Huarte y ordenó la celebración de un nuevo juicio que tuviera en cuenta las cintas y las declaraciones de María–José Manzano, el Padre Coraje y su mujer Antonia le vieron de nuevo el rostro a la alegría, a esa esquiva y huidiza alegría que había escapado de sus vidas aquel trágico 22 de noviembre de 1995, fecha de la muerte por acuchillamiento múltiple -28 veces- de su hijo Juan.
La esperanza en la justicia, un tanto apagada después de tres años y cinco meses de estar aguardándola, renacía de nuevo con vigor. El Padre Coraje sabía que ahora las cosas no podrían andar como en el primer juicio. Los cuatro acusados – Pedro Asencio, Paco Escalante, Domingo Gómez y Manuel Sañudo- inclinarían su cerviz ante el peso abrumador de tanta prueba incontestable.
Pero todo iba demasiado lento. El Padre Coraje aún tendría que esperar quince largos meses hasta verse de nuevo en las puertas de la Audiencia Provincial de Cádiz. Era el 20 de Octubre del año 2003. Tres nuevos jueces ocupaban los sitiales de color púrpura de la Sala. Apoyadas sus espaldas sobre el barandal de madera que los separa de la zona del público, se sentaban tres hombres. Franciso Escalante, uno de los imputados, no se presentaba. La espera fue inútil. El tribunal de jueces determinó posponer la celebración de la vista y localizar al incompareciente.
De nuevo se alargaba la espera, de nuevo se dilataba la hora de hacerle justicia a Juan Holgado. Los familiares de la víctima se impacientan. Antonia, su madre, se desespera. Ella cree que los asesinos “siguen riéndose de nosotros”.Pero Francisco Escalante es apresado dos días después. La Sala de la Audiencia fija una nueva fecha para la celebración del juicio. Será el 29 de octubre. Allí acudirán todos; allí estará el Padre Coraje con sus cintas, en las que ha puesto tanta fe.Las sesiones van desgranando los hechos. Ninguno de los inculpados se declara culpable. Ninguno sabe nada de lo sucedido en la gasolinera el 22 de noviembre de 1995. María-José Manzano, ex mujer de Pedro Asencio, confirma el testimonio que un día le trasladó al abogado de los Holgado. Había hablado con Pedro y en un momento dado le había preguntado: “¿No habrás sido tú el de la gasolinera?” Y él le había contestado: “Sí, pero nunca me van a coger porque no hay pruebas”.El Padre Coraje se revuelve en el banco que ocupa entre el público. Las frases que acaba de pronunciar María-José son convincentes; apuntan directamente hacia el autor del crimen. Pero Pedro Asencio no está dispuesto a que esas palabras determinen su suerte. Cuando le toca declarar desmiente a su ex. “Me tiene miedo- dice-. Es para quitarme de en medio”.
En otros momentos, las cintas que con tanto celo ha guardado el Padre Coraje empiezan a hablar. En ellas comparece la voz de Pedro Asencio. Es un hombre que se manifiesta orgulloso de su manejo de la navaja y de que es capaz de sacarles la verdad a los otros implicados en el crimen si es que, acaso, saben algo. También manifiesta en un momento dado que “le voy a dar en el pecho” con balas de verdad a Francisco Holgado, padre del asesinado joven, en el caso de que éste tratara de venir a por él.Las cintas siguen rodando. Se escucha la voz de un hombre – David es su nombre- que cuenta haber oído a los inculpados que iban a dar un golpe en la gasolinera.Los jueces oyen con atención. Esperan algo más. Los abogados tratan de desentrañar sentidos, relaciones de unas palabras con otras. Pero no hay autoinculpaciones, no aparece la palabra clave que despeje las dudas. El magnetófono ha quedado chirriando cuando la última frase grabada en las cintas se ha perdido ya en el aire. El padre Coraje mira expectante a los jueces, pasea su mirada entre los abogados. Para él, el enigma de la muerte de su hijo ha quedado claro, despejado.Pero para él tan sólo. Los demás esperaban algo más concluyente y más definitivo.
Yolanda Castro era otra testigo que podría haber aclarado las cosas. En declaraciones a la policía e incluso en careos efectuados con los acusados había mantenido que ella presenció los planes para atracar la gasolinera. También había oído cómo Asencio, después de cometida la fechoría, declaraba que al muchacho de la gasolinera había sido necesario “darle fuerte” porque se les había resistido. Yolanda Castro presentaba datos de los productos robados y de la cantidad de dinero sustraída de la caja.
Pero ante el tribunal de tres jueces de la Audiencia, Yolanda se vino abajo. Se desdijo de cuanto había declarado en el sumario y lo atribuyó a malos tratos policiales. Yo no sé nada, concluyó, mientras presa de los nervios derramaba lágrimas. Poco más se podía sacar de aquella joven que había presentado un certificado de padecer esquizofrenia paranoide. El abogado de la familia intentó una última incursión en la mente confundida de Yolanda y le formuló la pregunta de si ella participó en el atraco, solicitando de la víctima que le franqueara la entrada a la tienda de la gasolinera. La joven interpelada se alteró sobremanera y exclamó: “¿Ahora me van a meter a mí en esto? ¡Lo vais a pagar todos!”.Los médicos forenses declararon, a su vez, que las pruebas del ADN aplicadas a restos de sangre encontrados en el lugar del crimen no se correspondían con ninguno de los acusados en aquel juicio y que el material orgánico encontrado en las uñas de Juan Holgado “resulta ser de origen animal”.A estos análisis de los especialistas se unió el informe de la policía científica que había verificado pruebas en torno a unas huellas dactilares halladas en el lugar del crimen. Este informe también resultó exculpatorio para los acusados.El juicio había concluido. Ahora sólo faltaba esperar la sentencia. El Padre Coraje se temía lo peor. Unos cuantos testigos de la acusación particular habían retirado sus anteriores declaraciones y todo quedaba reducido al testimonio de la ex esposa de Asencio y a la pobre impresión que habían producido las cintas grabadas con tanto esfuerzo y riesgo personal.Y la sentencia llegó. Se declaraba inocentes a los cuatro hombres que se habían sentado en el banquillo por falta de pruebas que los inculparan. Los 30 años de cárcel que solicitaba la acusación particular para cada uno de los acusados quedaban reducidos a cero.
La sed de justicia del Padre Coraje no se extinguió con esta sentencia. En declaraciones efectuadas tras el fallo de la Audiencia Provincial de Cádiz manifestaba que su lucha iba a continuar. Aún le quedaba “coraje” para dirigirse de nuevo al Tribunal Supremo y tratar de sentar por tercera vez en el banquillo de los acusados a los que, para él, acuchillaron con saña a su hijo Juan.
EL "PADRE CORAJE" 1: EN LA BOCA DEL LOBO
Su hijo, Juan Holgado, trabajaba en una gasolinera enclavada en Jerez de la Frontera. No era el mejor trabajo que él, su padre, hubiera deseado para su primogénito.
Pero las cosas de la vida vienen como movidas por algún resorte indescifrable y Juan encontró su empleo en la gasolinera de Martín Ferrador y a sus 26 años ejercía como encargado.
En las gasolineras abundan los atracos, sobre todo por la noche. Por eso se ha generalizado entre las que permanecen abiertas a esas horas el sistema de autoservicio, previo pago en una ventanilla, atendida por un empleado situado en el interior de la tienda, cerrada a cal y canto para el público. Francisco y Antonia, padres de Juan, vivían con preocupación las noches en que su hijo tenía que quedarse de guardia en la gasolinera. La noche del 22 de noviembre de 1995, Antonia le habría recomendado: “Abrígate, hijo. Las noches ya comienzan a ser frías.”, cuando el joven ya se estaba preparando para salir de casa. Y Juan la besaría en la frente y le sonreiría con ternura como hacía siempre que su madre lo trataba como a un niño. Era la manera de decirle que no se preocupara. También su padre se despediría esa noche, como en tantas otras, dándole un golpecito en la espalda y pidiéndole que tuviera cuidado. En esos momentos, Francisco y Antonia ignoraban que ya no volverían a ver vivo a su hijo Juan. En la madrugada de ese fatídico día, Juan Holgado, 26 años, encargado de la gasolinera Martín Ferrador, de Jerez de la Frontera, recibía veintiocho cuchilladas por todo su cuerpo y moría a manos de unos atracadores que se llevaron como botín 70.000 de las antiguas pesetas (420 euros), unas botellas de alcohol y unas cuantas cajetillas de tabaco. Sobre el suelo Juan quedó roto, ensangrentado, con la mueca indescriptible de una víctima incapaz de comprender tanta violencia.
Francisco y Antonia, desolados, consumidos por la tristeza, tuvieron que andar detrás del féretro de su hijo sin que ningún consuelo pudiera mitigar su pena. Tras el crimen, las investigaciones policiales se iniciaron al ritmo acostumbrado. La policía comprobó los movimientos de una serie de sospechosos en las horas en que se produjo el atraco a la gasolinera. Supervisó el estado de algún automóvil presuntamente utilizado en la operación, buscó el arma empleada en el acuchillamiento de Juan e interrogó a diversos componentes de los bajos fondos jerezanos. El expediente abierto por la policía iba engrosándose paulatinamente y el perfil de los sospechosos se volvía cada vez más nítido. Pero Francisco Holgado, el padre de la víctima, se desesperaba. Él hubiera querido que el caso se resolviese en veinticuatro horas. La muerte cruenta, terrible, que había sufrido su hijo demandaba un pronto esclarecimiento. Cuando se acostaba por la noche acudían a atormentarle todos los pensamientos, todas las imágenes. Recordaba cada palabra de su hijo, cada gesto, el brillo bondadoso de sus ojos. Y no podía conciliar el sueño.
Le exasperaba la lentitud de la policía. Si él tuviese la autoridad, saldría a la calle, miraría a unos y a otros, a esos que ocupan los bajos fondos, y sabría reconocer a los asesinos de su hijo. Les vería escrita en la cara su culpabilidad. Él, un simple empleado de banca, podría hacerlo. ¿Cómo es que la policía…? El tiempo transcurrió y las heridas que Francisco y su esposa Antonia tenían en el alma desde el día en que muriera su hijo no cicatrizaban. Los agentes del orden ya habían elaborado una lista de cuatro sospechosos y se habían iniciado las diligencias judiciales. Pedro Asencio, Manuel Sañudo, Domingo Gómez y Francisco Escalante estaban a la espera de comparecer ante el juez para responder de la muerte de Juan Holgado en la madrugada del 22 de noviembre. No obstante, Francisco Holgado desconfiaba de las pruebas que había acumulado la investigación policial. Ninguno de los cuatro sospechosos se autoinculpaba o delataba a cualquiera de los otros. Francisco no lo veía claro. Él hubiese llegado más al fondo de la cuestión, hubiera indagado hasta saber, hasta saber… En su cabeza empezó a alumbrar una idea. ¿Y por qué no? ¿Por qué no investigar él mismo, por qué no llegar hasta donde la policía no había podido hacerlo? Había que echarle coraje al asunto. Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, había hablado de una Madre Coraje. ¿Por qué no emularla y convertirse él en un auténtico, en un completo Padre Coraje?
Francisco Holgado se dispuso a buscar pruebas que llevasen a la cárcel al asesino de su hijo. Salió a la calle y frecuentó los bajos fondos. Allí conoció a un individuo. Se llamaba Pepe el Gitano. “Juro que te contaré toda la verdad”, le había dicho éste. Pero se evaporó antes de hablar. Representó una promesa jamás cumplida. Fue entonces cuando Francisco Holgado tomó la determinación de dar un paso más definitivo. Volvió a su casa con un paquete debajo del brazo. Había comprado ropa y una peluca. También unas gafas diferentes a las que solía usar. Se miró al espejo: sí, parecía uno de ellos, uno de esos que trafican con droga, que atracan puñal en mano. Su mujer Antonia por casi se desmaya al verlo. Pero enseguida comprende sus intenciones. Sabe a lo que se arriesga, lo mira con lágrimas en los ojos y asiente sin pronunciar palabra.
Desde aquel día Francisco Hurtado va a ser para el sector de la delincuencia jerezana Pepe El Gitano, nombre que toma de su fallido confidente. Abandonará su trabajo en el banco, se vestirá cada mañana con su disfraz de facineroso y acudirá a entablar amistad con los que él cree asesinos de su hijo. Oculta entre la ropa llevará una grabadora. Habrá aprendido a ponerla en marcha con disimulo. Frecuenta el parque La Asunción y a los pocos días ya ha contactado con Pedro Asencio, uno de los sospechosos. Fuma cigarros con él. Le ofrece de los suyos. Necesita ganar su confianza. Le cuenta que acaba de llegar de la parte norte del país, que busca la manera de ganar dinero, de encontrar amigos. Pedro Asencio oye y calla. Es cauto. No le gusta irse de la lengua con desconocidos. Está esperando el juicio por la muerte de Juan Holgado y debe mirar lo que habla. Pero Pepe El Gitano – el Padre Coraje en realidad -, venciendo su natural aversión contra quien piensa que ha podido asesinar a su hijo, se muestra amable, obsequioso. Finalmente, Pedro Asencio lo acepta como amigo. Pepe El Gitano tiene vía libre para moverse en el mundo del hampa. Contacta con algún componente. La grabadora no cesa de registrar conversaciones. En una ocasión Asencio le participa a su disfrazado amigo: “Si me ponen delante a Escalante, Sañudo y Dominguín, yo les saco la verdad si saben algo”. Asencio sospecha sobre todo de Escalante, del que dice: “No me fío. O sabe algo o se quedó en el coche y vio todo lo que pasaba”. Y sobre sí mismo, Asencio le dice al Padre Coraje: “Te juro por mi santa madre que no le quito la vida así a un chaval”.
El hombre aquel que dice llegar del norte pregunta demasiado. Asencio, a veces, pierde la calma: “¿Ya me estás acusando otra vez? Yo lo que quiero es coger a quien tenga algo que ver”. Francisco Holgado, el Padre Coraje, tiene que ser prudente. Su insistencia, su obsesivo tema de conversación - la muerte del joven de la gasolinera - puede levantar sospechas. Entonces calla. Ofrece tabaco, invita a unas cervezas, trata de derribar las suspicacias que sus preguntas levantan. Hay momentos en que se ve en la boca del lobo, a expensas de que ese lobo apriete sus fauces y le arranque la cabeza. Pero una fuerza interior, un coraje indomable, le obliga a seguir. No quiere que el crimen de su hijo quede impune. Cuando en febrero de 1999 se inicia el juicio por la muerte de Juan Holgado en la Audiencia Provincial de Cádiz, el Padre Coraje, ya dispone de cientos de horas de grabación. Él piensa que esas cintas contienen declaraciones muy graves que pueden inclinar la balanza de la justicia hacia el lado de la condena para Pedro Asencio, Manuel Sañudo, Domingo Gómez y Franciso Escalante. Pero el tribunal de la Audiencia Provincial de Cádiz no admite las cintas como pruebas inculpatorias y los cuatro hombres que se sientan en el banquillo son declarados inocentes.
Francisco Holgado recurrió al tribunal Supremo y este organismo determinó en Julio del año 2002 que el juicio debía volverse a realizar tomando en consideración las cintas y las declaraciones de la ex mujer de Pedro Asencio que por formalidades de procedimiento no pudieron ser escuchadas en el primer juicio. La lucha del Padre Coraje continuaba. Un nuevo capítulo se escribiría en Octubre del 2003, cuando se celebró el segundo juicio.
Pero las cosas de la vida vienen como movidas por algún resorte indescifrable y Juan encontró su empleo en la gasolinera de Martín Ferrador y a sus 26 años ejercía como encargado.
En las gasolineras abundan los atracos, sobre todo por la noche. Por eso se ha generalizado entre las que permanecen abiertas a esas horas el sistema de autoservicio, previo pago en una ventanilla, atendida por un empleado situado en el interior de la tienda, cerrada a cal y canto para el público. Francisco y Antonia, padres de Juan, vivían con preocupación las noches en que su hijo tenía que quedarse de guardia en la gasolinera. La noche del 22 de noviembre de 1995, Antonia le habría recomendado: “Abrígate, hijo. Las noches ya comienzan a ser frías.”, cuando el joven ya se estaba preparando para salir de casa. Y Juan la besaría en la frente y le sonreiría con ternura como hacía siempre que su madre lo trataba como a un niño. Era la manera de decirle que no se preocupara. También su padre se despediría esa noche, como en tantas otras, dándole un golpecito en la espalda y pidiéndole que tuviera cuidado. En esos momentos, Francisco y Antonia ignoraban que ya no volverían a ver vivo a su hijo Juan. En la madrugada de ese fatídico día, Juan Holgado, 26 años, encargado de la gasolinera Martín Ferrador, de Jerez de la Frontera, recibía veintiocho cuchilladas por todo su cuerpo y moría a manos de unos atracadores que se llevaron como botín 70.000 de las antiguas pesetas (420 euros), unas botellas de alcohol y unas cuantas cajetillas de tabaco. Sobre el suelo Juan quedó roto, ensangrentado, con la mueca indescriptible de una víctima incapaz de comprender tanta violencia.
Francisco y Antonia, desolados, consumidos por la tristeza, tuvieron que andar detrás del féretro de su hijo sin que ningún consuelo pudiera mitigar su pena. Tras el crimen, las investigaciones policiales se iniciaron al ritmo acostumbrado. La policía comprobó los movimientos de una serie de sospechosos en las horas en que se produjo el atraco a la gasolinera. Supervisó el estado de algún automóvil presuntamente utilizado en la operación, buscó el arma empleada en el acuchillamiento de Juan e interrogó a diversos componentes de los bajos fondos jerezanos. El expediente abierto por la policía iba engrosándose paulatinamente y el perfil de los sospechosos se volvía cada vez más nítido. Pero Francisco Holgado, el padre de la víctima, se desesperaba. Él hubiera querido que el caso se resolviese en veinticuatro horas. La muerte cruenta, terrible, que había sufrido su hijo demandaba un pronto esclarecimiento. Cuando se acostaba por la noche acudían a atormentarle todos los pensamientos, todas las imágenes. Recordaba cada palabra de su hijo, cada gesto, el brillo bondadoso de sus ojos. Y no podía conciliar el sueño.
Le exasperaba la lentitud de la policía. Si él tuviese la autoridad, saldría a la calle, miraría a unos y a otros, a esos que ocupan los bajos fondos, y sabría reconocer a los asesinos de su hijo. Les vería escrita en la cara su culpabilidad. Él, un simple empleado de banca, podría hacerlo. ¿Cómo es que la policía…? El tiempo transcurrió y las heridas que Francisco y su esposa Antonia tenían en el alma desde el día en que muriera su hijo no cicatrizaban. Los agentes del orden ya habían elaborado una lista de cuatro sospechosos y se habían iniciado las diligencias judiciales. Pedro Asencio, Manuel Sañudo, Domingo Gómez y Francisco Escalante estaban a la espera de comparecer ante el juez para responder de la muerte de Juan Holgado en la madrugada del 22 de noviembre. No obstante, Francisco Holgado desconfiaba de las pruebas que había acumulado la investigación policial. Ninguno de los cuatro sospechosos se autoinculpaba o delataba a cualquiera de los otros. Francisco no lo veía claro. Él hubiese llegado más al fondo de la cuestión, hubiera indagado hasta saber, hasta saber… En su cabeza empezó a alumbrar una idea. ¿Y por qué no? ¿Por qué no investigar él mismo, por qué no llegar hasta donde la policía no había podido hacerlo? Había que echarle coraje al asunto. Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, había hablado de una Madre Coraje. ¿Por qué no emularla y convertirse él en un auténtico, en un completo Padre Coraje?
Francisco Holgado se dispuso a buscar pruebas que llevasen a la cárcel al asesino de su hijo. Salió a la calle y frecuentó los bajos fondos. Allí conoció a un individuo. Se llamaba Pepe el Gitano. “Juro que te contaré toda la verdad”, le había dicho éste. Pero se evaporó antes de hablar. Representó una promesa jamás cumplida. Fue entonces cuando Francisco Holgado tomó la determinación de dar un paso más definitivo. Volvió a su casa con un paquete debajo del brazo. Había comprado ropa y una peluca. También unas gafas diferentes a las que solía usar. Se miró al espejo: sí, parecía uno de ellos, uno de esos que trafican con droga, que atracan puñal en mano. Su mujer Antonia por casi se desmaya al verlo. Pero enseguida comprende sus intenciones. Sabe a lo que se arriesga, lo mira con lágrimas en los ojos y asiente sin pronunciar palabra.
Desde aquel día Francisco Hurtado va a ser para el sector de la delincuencia jerezana Pepe El Gitano, nombre que toma de su fallido confidente. Abandonará su trabajo en el banco, se vestirá cada mañana con su disfraz de facineroso y acudirá a entablar amistad con los que él cree asesinos de su hijo. Oculta entre la ropa llevará una grabadora. Habrá aprendido a ponerla en marcha con disimulo. Frecuenta el parque La Asunción y a los pocos días ya ha contactado con Pedro Asencio, uno de los sospechosos. Fuma cigarros con él. Le ofrece de los suyos. Necesita ganar su confianza. Le cuenta que acaba de llegar de la parte norte del país, que busca la manera de ganar dinero, de encontrar amigos. Pedro Asencio oye y calla. Es cauto. No le gusta irse de la lengua con desconocidos. Está esperando el juicio por la muerte de Juan Holgado y debe mirar lo que habla. Pero Pepe El Gitano – el Padre Coraje en realidad -, venciendo su natural aversión contra quien piensa que ha podido asesinar a su hijo, se muestra amable, obsequioso. Finalmente, Pedro Asencio lo acepta como amigo. Pepe El Gitano tiene vía libre para moverse en el mundo del hampa. Contacta con algún componente. La grabadora no cesa de registrar conversaciones. En una ocasión Asencio le participa a su disfrazado amigo: “Si me ponen delante a Escalante, Sañudo y Dominguín, yo les saco la verdad si saben algo”. Asencio sospecha sobre todo de Escalante, del que dice: “No me fío. O sabe algo o se quedó en el coche y vio todo lo que pasaba”. Y sobre sí mismo, Asencio le dice al Padre Coraje: “Te juro por mi santa madre que no le quito la vida así a un chaval”.
El hombre aquel que dice llegar del norte pregunta demasiado. Asencio, a veces, pierde la calma: “¿Ya me estás acusando otra vez? Yo lo que quiero es coger a quien tenga algo que ver”. Francisco Holgado, el Padre Coraje, tiene que ser prudente. Su insistencia, su obsesivo tema de conversación - la muerte del joven de la gasolinera - puede levantar sospechas. Entonces calla. Ofrece tabaco, invita a unas cervezas, trata de derribar las suspicacias que sus preguntas levantan. Hay momentos en que se ve en la boca del lobo, a expensas de que ese lobo apriete sus fauces y le arranque la cabeza. Pero una fuerza interior, un coraje indomable, le obliga a seguir. No quiere que el crimen de su hijo quede impune. Cuando en febrero de 1999 se inicia el juicio por la muerte de Juan Holgado en la Audiencia Provincial de Cádiz, el Padre Coraje, ya dispone de cientos de horas de grabación. Él piensa que esas cintas contienen declaraciones muy graves que pueden inclinar la balanza de la justicia hacia el lado de la condena para Pedro Asencio, Manuel Sañudo, Domingo Gómez y Franciso Escalante. Pero el tribunal de la Audiencia Provincial de Cádiz no admite las cintas como pruebas inculpatorias y los cuatro hombres que se sientan en el banquillo son declarados inocentes.
Francisco Holgado recurrió al tribunal Supremo y este organismo determinó en Julio del año 2002 que el juicio debía volverse a realizar tomando en consideración las cintas y las declaraciones de la ex mujer de Pedro Asencio que por formalidades de procedimiento no pudieron ser escuchadas en el primer juicio. La lucha del Padre Coraje continuaba. Un nuevo capítulo se escribiría en Octubre del 2003, cuando se celebró el segundo juicio.
EL CRIMEN DE BENIFALLIM
Benifallim era un pueblo tranquilo. Situado en la provincia de Alicante, sus casas blancas y pequeñas, trepando por la ladera de la montaña, refulgían bajo el sol abrasador de agosto.
Corría el año 1999. Era el día 20. Hacia el mediodía los agentes forestales se alarman. En medio del campo, en la masía conocida como Les Vaquerises, se ha producido un incendio. Las llamas pueden extenderse en una zona tan seca como aquella. Los agentes aprietan a fondo el acelerador de su vehículo. Al llegar, quedan horrorizados. Tres personas, totalmente carbonizadas se hallan entre los restos. Todos los indicios señalan a que se ha producido un triple crimen. Muy pronto llegará la Guardia Civil y comenzarán las indagaciones.
Tres muertes concitan el interés de los medios de comunicación. Circulan noticias de que la dueña guardaba en la finca 400 millones de pesetas, fruto de la venta de unas tierras. La mirada de España se posa sobre aquel apartado rincón, donde el olivo, la vid y el almendro modulan el paisaje mediterráneo. La somnolienta tranquilidad del pueblo desaparece de la noche a la mañana.
Pasan los días y las investigaciones policiales se centran en un sospechoso. Se trata de Francisco Gómez, un joven residente en Alcoy que acude a trabajar a la masía. La Guardia Civil lo detiene. Lo somete a interrogatorios. Francisco se autoinculpa.
En el cuartelillo de la Guardia Civil de Cocentaina la máquina de escribir echa humo. El joven va hablando y ofrece detalles. El viernes, 20 de agosto, se dirigía, como otras veces lo había hecho, hacia la masía Les Vaquerises. Allí había mucho que hacer y podía ganarse un dinerillo. En el camino, ya dentro de las tierras pertenecientes a la finca, le entran ganas de orinar. Sin dudarlo, se pone a ello. Cerca, percatándose de lo que hace, se encuentra Elvira Monllor, la dueña de Les Vaquerises, que ha salido con los animales de la granja para que se alimenten de forma natural. No le parece bien que aquel muchacho haga sus pequeñas necesidades a su vista. Se lo recrimina. Él contesta. La discusión se eleva de tono. Entonces, Francisco se apodera de un rastrillo y golpea a la dueña en la cabeza hasta que la deja sin vida. Es su primera víctima.
En la masía trabaja un empleado que se llama Rigoberto Luís Esteve. Es un hombre de 47 años. Ha oído los gritos y acude con prontitud. Francisco Gómez lo sorprende. Es un ataque repentino. Primero lo golpea con el rastrillo en la cabeza y lo deja semi inconsciente. Aprovecha la indefensión de Rigoberto y le ata las manos. Seguidamente, con la misma herramienta, le golpea en la cabeza hasta acabar con su vida.
Francisco Gómez contempla aquellos dos cadáveres. Su cabeza intenta pensar rápido. Lo más fácil sería huir. No hay testigos que puedan inculparlo. Pero aquellos cuerpos tendidos al sol… Puede pasar alguien, verlos, dar la voz de alarma. En aquellos momentos lo más juicioso sería ganar tiempo. Sí, eso, ganar tiempo. No lo duda. Comienza a arrastrar el cuerpo de sus víctimas hacia la cuadra de la masía. El sudor le cae a chorros por la frente. Pero va ganando metros hacia la cuadra. De pronto… De pronto hace acto de presencia Francisco Miró, tío de la dueña de Les Vaquerises. Acude como cada día para ver a su sobrina. Una mujer de 54 años necesita que un familiar vaya a interesarse por ella. Es bueno que todos lo sepan, que sean testigos de esas visitas.
Pero aquel día, este hombre de 75 años va a llevarse una sorpresa. Una fatal sorpresa. Lo que está viendo le cuesta creerlo. El cuerpo de su sobrina y el de Rigoberto se hallan sin vida en el suelo mientras Francisco Gómez los arrastra hacia la cuadra. El descubrimiento de semejantes hechos exaspera al familiar de la dueña. El asesino, a su vez, al verse sorprendido se apresta a seguir matando. Su mano busca instintivamente el rastrillo. Ambos contendientes forcejean. Pero Francisco Gómez se las ve con un hombre mucho mayor que él, cuando ya los reflejos y las fuerzas se hallan disminuidos. Además, la herramienta que esgrime le da una ventaja decisiva.
La pelea termina como es de suponer. Francisco Miró será la tercera víctima. Su cabeza también ha recibido unos fortísimos golpes de rastrillo que le han provocado la muerte.
Ahora son tres las víctimas que ha de arrastrar al interior de la cuadra.
De los 400 millones nada sabe. Tampoco la policía ha podido hallarlos.
La autoinculpación de Francisco Gómez simplifica las cosas. El juez instructor del caso ordena su ingreso en la prisión de Fontcalent, a la espera del juicio. Todo parece concordar. Las declaraciones del joven Francisco encuentran mayor verosimilitud con los dibujos y croquis de la masía que él mismo realiza, señalando la ubicación de los tres cadáveres. Nadie pone en duda su versión.
Pero sorprendentemente, pocos días después de su ingreso en prisión, Francisco Gómez cambia su declaración y aduce que ha sido presionado por la policía. Manifiesta a este respecto: (Los guardias) “…me metieron en un cuarto y me empezaron a agobiar.” Y también: “Yo no he sido. Yo no sé nada.”
Según la legislación vigente, un acusado no puede permanecer en prisión más de cuatro años sin que se celebre su juicio. Automáticamente quedaría libre en espera de que se celebrara su vista.
Francisco, tras los barrotes de Fontcalent observa cómo las horas se transforman en días, los días en meses y éstos en años. El 26 de marzo del 2003 se cumple el periodo máximo de prisión preventiva. Y Francisco, acusado de dos homicidios y de un asesinato, es excarcelado.
El escándalo estalla en toda España. La opinión pública se pregunta cómo es posible que la Justicia se haya “olvidado” de un preso sobre el que recaen tan graves acusaciones. El Consejo General del Poder Judicial, ante una falta tan grave, abre expedientes disciplinarios a la jueza instructora del caso y a dos fiscales, también vinculados.
Finalmente, Francisco Gómez se sienta ante un juez. Es a comienzos del año 2004. En la sala hay un jurado de nueve miembros. Se celebran ocho sesiones en la Audiencia Provincial de Alicante. El 5 de marzo el jurado ha llegado a una conclusión. El acusado es culpable de la muerte por homicidio de Elvira Monllor y de Francisco Miró, tío de ésta.
En cuanto a la muerte que le infringió a Rigoberto Luis Esteve se considera un asesinato, puesto que fue un ataque “sorpresivo y repentino” con “alevosía”. El jurado, así mismo, descartó la supuesta “presión policial” aducida por el condenado, puesto que determinados detalles relativos a los cadáveres no hubiera podido aportarlos el homicida sin haber estado presente en el lugar de los hechos. Respecto al incendio de la finca, fue declarado inocente.
El 15 de marzo se hacía pública la sentencia. A Francisco Gómez se le imponían 24 años de prisión. Se le había aplicado una circunstancia eximente incompleta de enajenación mental. Se mencionaba que el condenado aún comprendiendo que matar “no está permitido” presentaba dificultades para acomodar su actuación a este principio. También tenía que hacer frente a una indemnización de 378.000 euros, a distribuir entre los damnificados por la muerte de sus tres víctimas.
El 16 de marzo ingresó en prisión Francisco Gómez. Él sigue proclamando su inocencia. “Yo tengo la conciencia tranquila. Yo soy incapaz de hacer eso.”
Pero si lo hizo, ¿hay un móvil claro?, ¿puede constituir un motivo el hecho de que le afeasen la conducta por orinar en el campo?, ¿cómo es posible que el procedimiento que debía desembocar en su enjuiciamiento tardara en tramitarse más de cuatro años?, ¿quién o qué provocó el incendio de la masía con los tres cadáveres en su interior?, ¿ha quedado totalmente descartado que Elvira Monllor dispusiera en su vivienda de una cantidad de dinero tan abultada como son 400 millones de pesetas?
En el futuro, Francisco Gómez podrá volver a sentarse en el banquillo. Su abogada defensora consideró severa esta condena y apeló ante el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, que será el órgano encargado de promulgar el fallo definitivo después de haber admitido a trámite el recurso.
Muchos interrogantes necesitan ser aclarados aún.
Corría el año 1999. Era el día 20. Hacia el mediodía los agentes forestales se alarman. En medio del campo, en la masía conocida como Les Vaquerises, se ha producido un incendio. Las llamas pueden extenderse en una zona tan seca como aquella. Los agentes aprietan a fondo el acelerador de su vehículo. Al llegar, quedan horrorizados. Tres personas, totalmente carbonizadas se hallan entre los restos. Todos los indicios señalan a que se ha producido un triple crimen. Muy pronto llegará la Guardia Civil y comenzarán las indagaciones.
Tres muertes concitan el interés de los medios de comunicación. Circulan noticias de que la dueña guardaba en la finca 400 millones de pesetas, fruto de la venta de unas tierras. La mirada de España se posa sobre aquel apartado rincón, donde el olivo, la vid y el almendro modulan el paisaje mediterráneo. La somnolienta tranquilidad del pueblo desaparece de la noche a la mañana.
Pasan los días y las investigaciones policiales se centran en un sospechoso. Se trata de Francisco Gómez, un joven residente en Alcoy que acude a trabajar a la masía. La Guardia Civil lo detiene. Lo somete a interrogatorios. Francisco se autoinculpa.
En el cuartelillo de la Guardia Civil de Cocentaina la máquina de escribir echa humo. El joven va hablando y ofrece detalles. El viernes, 20 de agosto, se dirigía, como otras veces lo había hecho, hacia la masía Les Vaquerises. Allí había mucho que hacer y podía ganarse un dinerillo. En el camino, ya dentro de las tierras pertenecientes a la finca, le entran ganas de orinar. Sin dudarlo, se pone a ello. Cerca, percatándose de lo que hace, se encuentra Elvira Monllor, la dueña de Les Vaquerises, que ha salido con los animales de la granja para que se alimenten de forma natural. No le parece bien que aquel muchacho haga sus pequeñas necesidades a su vista. Se lo recrimina. Él contesta. La discusión se eleva de tono. Entonces, Francisco se apodera de un rastrillo y golpea a la dueña en la cabeza hasta que la deja sin vida. Es su primera víctima.
En la masía trabaja un empleado que se llama Rigoberto Luís Esteve. Es un hombre de 47 años. Ha oído los gritos y acude con prontitud. Francisco Gómez lo sorprende. Es un ataque repentino. Primero lo golpea con el rastrillo en la cabeza y lo deja semi inconsciente. Aprovecha la indefensión de Rigoberto y le ata las manos. Seguidamente, con la misma herramienta, le golpea en la cabeza hasta acabar con su vida.
Francisco Gómez contempla aquellos dos cadáveres. Su cabeza intenta pensar rápido. Lo más fácil sería huir. No hay testigos que puedan inculparlo. Pero aquellos cuerpos tendidos al sol… Puede pasar alguien, verlos, dar la voz de alarma. En aquellos momentos lo más juicioso sería ganar tiempo. Sí, eso, ganar tiempo. No lo duda. Comienza a arrastrar el cuerpo de sus víctimas hacia la cuadra de la masía. El sudor le cae a chorros por la frente. Pero va ganando metros hacia la cuadra. De pronto… De pronto hace acto de presencia Francisco Miró, tío de la dueña de Les Vaquerises. Acude como cada día para ver a su sobrina. Una mujer de 54 años necesita que un familiar vaya a interesarse por ella. Es bueno que todos lo sepan, que sean testigos de esas visitas.
Pero aquel día, este hombre de 75 años va a llevarse una sorpresa. Una fatal sorpresa. Lo que está viendo le cuesta creerlo. El cuerpo de su sobrina y el de Rigoberto se hallan sin vida en el suelo mientras Francisco Gómez los arrastra hacia la cuadra. El descubrimiento de semejantes hechos exaspera al familiar de la dueña. El asesino, a su vez, al verse sorprendido se apresta a seguir matando. Su mano busca instintivamente el rastrillo. Ambos contendientes forcejean. Pero Francisco Gómez se las ve con un hombre mucho mayor que él, cuando ya los reflejos y las fuerzas se hallan disminuidos. Además, la herramienta que esgrime le da una ventaja decisiva.
La pelea termina como es de suponer. Francisco Miró será la tercera víctima. Su cabeza también ha recibido unos fortísimos golpes de rastrillo que le han provocado la muerte.
Ahora son tres las víctimas que ha de arrastrar al interior de la cuadra.
De los 400 millones nada sabe. Tampoco la policía ha podido hallarlos.
La autoinculpación de Francisco Gómez simplifica las cosas. El juez instructor del caso ordena su ingreso en la prisión de Fontcalent, a la espera del juicio. Todo parece concordar. Las declaraciones del joven Francisco encuentran mayor verosimilitud con los dibujos y croquis de la masía que él mismo realiza, señalando la ubicación de los tres cadáveres. Nadie pone en duda su versión.
Pero sorprendentemente, pocos días después de su ingreso en prisión, Francisco Gómez cambia su declaración y aduce que ha sido presionado por la policía. Manifiesta a este respecto: (Los guardias) “…me metieron en un cuarto y me empezaron a agobiar.” Y también: “Yo no he sido. Yo no sé nada.”
Según la legislación vigente, un acusado no puede permanecer en prisión más de cuatro años sin que se celebre su juicio. Automáticamente quedaría libre en espera de que se celebrara su vista.
Francisco, tras los barrotes de Fontcalent observa cómo las horas se transforman en días, los días en meses y éstos en años. El 26 de marzo del 2003 se cumple el periodo máximo de prisión preventiva. Y Francisco, acusado de dos homicidios y de un asesinato, es excarcelado.
El escándalo estalla en toda España. La opinión pública se pregunta cómo es posible que la Justicia se haya “olvidado” de un preso sobre el que recaen tan graves acusaciones. El Consejo General del Poder Judicial, ante una falta tan grave, abre expedientes disciplinarios a la jueza instructora del caso y a dos fiscales, también vinculados.
Finalmente, Francisco Gómez se sienta ante un juez. Es a comienzos del año 2004. En la sala hay un jurado de nueve miembros. Se celebran ocho sesiones en la Audiencia Provincial de Alicante. El 5 de marzo el jurado ha llegado a una conclusión. El acusado es culpable de la muerte por homicidio de Elvira Monllor y de Francisco Miró, tío de ésta.
En cuanto a la muerte que le infringió a Rigoberto Luis Esteve se considera un asesinato, puesto que fue un ataque “sorpresivo y repentino” con “alevosía”. El jurado, así mismo, descartó la supuesta “presión policial” aducida por el condenado, puesto que determinados detalles relativos a los cadáveres no hubiera podido aportarlos el homicida sin haber estado presente en el lugar de los hechos. Respecto al incendio de la finca, fue declarado inocente.
El 15 de marzo se hacía pública la sentencia. A Francisco Gómez se le imponían 24 años de prisión. Se le había aplicado una circunstancia eximente incompleta de enajenación mental. Se mencionaba que el condenado aún comprendiendo que matar “no está permitido” presentaba dificultades para acomodar su actuación a este principio. También tenía que hacer frente a una indemnización de 378.000 euros, a distribuir entre los damnificados por la muerte de sus tres víctimas.
El 16 de marzo ingresó en prisión Francisco Gómez. Él sigue proclamando su inocencia. “Yo tengo la conciencia tranquila. Yo soy incapaz de hacer eso.”
Pero si lo hizo, ¿hay un móvil claro?, ¿puede constituir un motivo el hecho de que le afeasen la conducta por orinar en el campo?, ¿cómo es posible que el procedimiento que debía desembocar en su enjuiciamiento tardara en tramitarse más de cuatro años?, ¿quién o qué provocó el incendio de la masía con los tres cadáveres en su interior?, ¿ha quedado totalmente descartado que Elvira Monllor dispusiera en su vivienda de una cantidad de dinero tan abultada como son 400 millones de pesetas?
En el futuro, Francisco Gómez podrá volver a sentarse en el banquillo. Su abogada defensora consideró severa esta condena y apeló ante el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, que será el órgano encargado de promulgar el fallo definitivo después de haber admitido a trámite el recurso.
Muchos interrogantes necesitan ser aclarados aún.
LA PARRICIDA DE SANTOMERA
Su semblante desgarraba el alma, incluso la de los menos emotivos. Su cuerpo, sin fuerzas suficientes, se desmoronaba sobre el de su marido, un hombre fornido que caminaba a su lado.
La pena la envolvía; la desolación se le había instalado en el rostro mientras seguía el cortejo fúnebre de sus dos pequeños hijos, Francisco y Adrián, de 6 y 4 años respectivamente, asesinados la madrugada del 19 de enero del año 2002 en Santomera, un pueblo de la provincia de Murcia, por estrangulamiento con el cable del cargador de un teléfono móvil.
Los vecinos de Santomera caminaban detrás de esta madre desgraciada y afligida. Algunos lloraban; otros callaban, hundida la mirada en el empedrado. El silencio dejaba oír los sollozos, los ayes desgarrados de los familiares. Mientras tanto, en la mente de todos germinaba un sólo pensamiento. Obsesivamente, una sóla idea perturbaba los ánimos e inquietaba aún más, si cabe, que el dolor o la indignación: el asesino de aquellos dos pequeños andaba suelto. La policía no había apresado a nadie. Tal vez en estos momentos fuese uno de los congregados en el sepelio. Tal vez las palabras más indignadas saliesen de su garganta, falsamente, ignominiosamente, como sale una víbora de su nido sin ser advertida. La madre, Francisca, ha dicho que eran dos ecuatorianos, se pasaban entre murmullos las gentes. Pelearía como una leona, los arañazos de la cara así lo evidencian, sentenciaban los que tenían valor para clavar su mirada en el rostro compungido de la mujer rota.
La versión que Francisca González Navarro había dado de los hechos pronto se conocería en cada casa, en cada grupo que se reunía para hablar del tema. La noche del 18 al 19 de enero se hallaba en su domicilio junto a José-Carlos, su hijo mayor de 14 años, y los dos pequeños, Francisco y Adrián. Su marido, José Ruiz, de profesión camionero, se encontraba por tierras francesas. En algún momento de la noche, entraron en su vivienda dos ecuatorianos y la atacaron en su mismo dormitorio, donde también se hallaban los dos hijos menores. Perdió el conocimiento y al despertar descubrió el horrible espectáculo de los niños muertos. Ella trató de hacer el boca a boca a uno de los dos que parecía aún con vida, pero infructuosamente. Un cristal roto desde el exterior y la desaparición de las joyas de Francisca aportaban cierta credibilidad a sus palabras.
Pero tras el entierro, la Guardia Civil detuvo a la madre. Había en su declaración algunos hechos que no encajaban. ¿Por qué se refería a un ecuatoriano cuando a su familia - a sus cuñados, por ejemplo- les había hablado de dos? ¿Quién era esa persona con rasgos ecuatorianos? ¿Cómo era? ¿Por qué aportaba datos sobre su indumentaria – pantalón vaquero, chaqueta de lino y guantes de látex- y en cambio no explicaba nada sobre sus rasgos físicos. Y, sobre todo, lo que también alertó a la Guardia Civil fue la sangre fría que conservaba aquella mujer mientras hablaba del ataque perpetrado por el imaginario asaltante de su habitación y que había costado la vida a dos de sus hijos. Fumaba y tomaba café sin que la voz se le quebrase, sin que se le notara ese hundimiento desolador y terrible del alma que se le nota a todo ser humano cuando la muerte ha pasado a su lado y se ha llevado a dos pequeños e inocentes hijos, traumática y alevosamente. A los agentes de la Guardia Civil les repelía esa fría mirada, esa ausencia de sentimientos en quien debería ser un volcán irrefrenable de ellos. Mientras tanto las pruebas se acumulaban en contra de Francisca González. La piel que el pequeño Francisco conservaba bajo sus uñas estaba siendo analizada. El Instituto Anatómico Forense de Murcia expedía unas muestras a su homólogo de Madrid. Las pruebas fueron concluyentes. Esa piel pertenecía al rostro de la madre de los niños. El mayor de los dos, en un intento por aferrarse a la vida, debió arañar a su agresora. La coartada de ésta se desmoronaba por varios lados. Dijo haber consumido algún gramo de cocaína, somníferos y alcohol en cantidad considerable. No recordaba nada, no sabía nada de la muerte de sus hijos. Ella había hablado de un ecuatoriano que se presentó para robar en su habitación. Hacia las siete de la mañana, decía. Los cadáveres de los niños delataban que la hora de su muerte había sido a las dos y media de la madrugada ¿Qué pasó en ese largo periodo de tiempo? Ahora ya se sabe todo.
Francisca González estuvo preparando su coartada, inventando una historia que solo su desvariada mente podía llegar a creer. Rompió los cristales de una ventana; pero no como lo haría una mujer sometida a un ataque de locura. Lo hizo de fuera hacia dentro de la casa, tal como lo ejecutaría alguien situado en el exterior. Usó una plancha. Escondió las joyas para que nadie pudiera encontrarlas y simular un móvil creíble: el robo. Y, sobre todo, pensó y repensó qué datos facilitar a la policía sobre su hipotético y fantasmagórico agresor: un ecuatoriano inexistente, alguien que sólo existió en la imaginación de su creadora. Mientras pergeñaba esta historia, en la soledad de la noche, a su lado yacían dos seres inocentes, inmóviles y con sus gargantas rotas. Y cuando aún la oscuridad envolvía aquella tétrica escena, Francisca, salió de su habitación, depositó su pijama en la lavadora, la conectó y avisó a su hijo José-Carlos, que dormía en otra habitación, alertándolo sobre la posibilidad de que hubiera entrado en la casa algún extraño. El reloj marcaba ya las siete de la mañana.Momentos después, José-Carlos corría hacia la vivienda de su tía Mari- Carmen, hermana de su padre, a cuya puerta llamaría nerviosa y compulsivamente. A su casa, explicaba el niño, habían entrado ladrones y sus dos hermanos, echados sobre la cama, no se movían.
El 27 de Octubre del año 2003 comenzó el juicio sobre el parricidio de Santomera. En el banquillo de los acusados se sentaba Francisca González Navarro, madre de los dos niños asesinados por estrangulamiento. En la acusación particular figuraba el abogado de José Ruiz, esposo de la acusada y padre de las víctimas. Un insondable océano de incomprensión y desamor separaba al matrimonio. Las preguntas del fiscal ponían en evidencia la relación que ambos habían mantenido en los últimos tiempos. Francisca, también conocida como Paquita, acusaba a su marido de malos tratos y de haberla inducido a frecuentar locales de intercambio de parejas. Ella lo obedecía por amor, por no perderlo, declaraba la mujer. Él replicaba que la inductora era ella. En lo tocante a los malos tratos, aclaraba el hombre que tan sólo la había golpeado de vez en cuando, pero escasamente. ¿Era eso ser un maltratador?, se preguntaba incrédulo José Ruiz.
Paquita siempre se había mostrado celosa del camionero. Sospechaba que le era infiel. Y eso ella lo soportaba muy mal. Enloquecía tan sólo de pensarlo. Trató, a su vez, de darle celos a su compañero. En la sala de la Audiencia Provincial de Murcia así lo expresó un taxista, Marcos Ruiz, quien declaró que la acusada solicitó su colaboración para hacerle creer a su marido que los dos andaban liados. Del móvil de ella salía mensaje tras mensaje. Asaetaba al marido ausente por razones profesionales o por otros motivos totalmente inconfesables, según creía ella. Él perdía la paciencia. Le contestaba a los mensajes con otros mensajes, displicentes, desabridos, muy poco conciliadores. La misma noche del crimen, hasta las dos de la madrugada, se mantuvo Paquita con el dedo pegado al teclado de su móvil. Su marido corría por calzadas galas. Discusión a distancia. De pronto, ella interrumpió sus comunicados. Él se sobresaltó y dice que la llamó, marcando una y otra vez su número. Nada. ¿Acaso le rondaba por la cabeza la amenaza que le lanzó su compañera un día? “Te voy a dar donde más te duele”, le espetó a su marido, clavando la mirada, esa mirada fría e insensible que nunca la abandona, sobre sus dos hijos pequeños, a quienes adoraba el padre. Después…. Después vino el cable sobre el cuello de un niño. Después, sobre el cuello del otro. La mujer era consciente de sus actos. Podía distinguir perfectamente lo que hacía. Así lo atestiguaron los informes psiquiátricos y así lo recoge el acta de la sentencia. No pudo soportar los malos tratos, la vejación y los desprecios que, según ellas, recibía de su marido. La venganza acudió a sus manos, como en tiempos lejanos acudió a las de la maga Medea, y dejó que el destino escribiera, una vez más, los tristes renglones de un horrendo parricidio. Fue el crimen de una mujer despechada.
La ley le aplicó a Francisca González el máximo castigo para este tipo de delitos: 20 años de presidio por cada víctima y unos cuantos miles de euros para indemnizar a José Ruiz, el padre, y a José-Carlos, el hermano de los dos niños asesinados en la pequeña localidad de Santomera.
La pena la envolvía; la desolación se le había instalado en el rostro mientras seguía el cortejo fúnebre de sus dos pequeños hijos, Francisco y Adrián, de 6 y 4 años respectivamente, asesinados la madrugada del 19 de enero del año 2002 en Santomera, un pueblo de la provincia de Murcia, por estrangulamiento con el cable del cargador de un teléfono móvil.
Los vecinos de Santomera caminaban detrás de esta madre desgraciada y afligida. Algunos lloraban; otros callaban, hundida la mirada en el empedrado. El silencio dejaba oír los sollozos, los ayes desgarrados de los familiares. Mientras tanto, en la mente de todos germinaba un sólo pensamiento. Obsesivamente, una sóla idea perturbaba los ánimos e inquietaba aún más, si cabe, que el dolor o la indignación: el asesino de aquellos dos pequeños andaba suelto. La policía no había apresado a nadie. Tal vez en estos momentos fuese uno de los congregados en el sepelio. Tal vez las palabras más indignadas saliesen de su garganta, falsamente, ignominiosamente, como sale una víbora de su nido sin ser advertida. La madre, Francisca, ha dicho que eran dos ecuatorianos, se pasaban entre murmullos las gentes. Pelearía como una leona, los arañazos de la cara así lo evidencian, sentenciaban los que tenían valor para clavar su mirada en el rostro compungido de la mujer rota.
La versión que Francisca González Navarro había dado de los hechos pronto se conocería en cada casa, en cada grupo que se reunía para hablar del tema. La noche del 18 al 19 de enero se hallaba en su domicilio junto a José-Carlos, su hijo mayor de 14 años, y los dos pequeños, Francisco y Adrián. Su marido, José Ruiz, de profesión camionero, se encontraba por tierras francesas. En algún momento de la noche, entraron en su vivienda dos ecuatorianos y la atacaron en su mismo dormitorio, donde también se hallaban los dos hijos menores. Perdió el conocimiento y al despertar descubrió el horrible espectáculo de los niños muertos. Ella trató de hacer el boca a boca a uno de los dos que parecía aún con vida, pero infructuosamente. Un cristal roto desde el exterior y la desaparición de las joyas de Francisca aportaban cierta credibilidad a sus palabras.
Pero tras el entierro, la Guardia Civil detuvo a la madre. Había en su declaración algunos hechos que no encajaban. ¿Por qué se refería a un ecuatoriano cuando a su familia - a sus cuñados, por ejemplo- les había hablado de dos? ¿Quién era esa persona con rasgos ecuatorianos? ¿Cómo era? ¿Por qué aportaba datos sobre su indumentaria – pantalón vaquero, chaqueta de lino y guantes de látex- y en cambio no explicaba nada sobre sus rasgos físicos. Y, sobre todo, lo que también alertó a la Guardia Civil fue la sangre fría que conservaba aquella mujer mientras hablaba del ataque perpetrado por el imaginario asaltante de su habitación y que había costado la vida a dos de sus hijos. Fumaba y tomaba café sin que la voz se le quebrase, sin que se le notara ese hundimiento desolador y terrible del alma que se le nota a todo ser humano cuando la muerte ha pasado a su lado y se ha llevado a dos pequeños e inocentes hijos, traumática y alevosamente. A los agentes de la Guardia Civil les repelía esa fría mirada, esa ausencia de sentimientos en quien debería ser un volcán irrefrenable de ellos. Mientras tanto las pruebas se acumulaban en contra de Francisca González. La piel que el pequeño Francisco conservaba bajo sus uñas estaba siendo analizada. El Instituto Anatómico Forense de Murcia expedía unas muestras a su homólogo de Madrid. Las pruebas fueron concluyentes. Esa piel pertenecía al rostro de la madre de los niños. El mayor de los dos, en un intento por aferrarse a la vida, debió arañar a su agresora. La coartada de ésta se desmoronaba por varios lados. Dijo haber consumido algún gramo de cocaína, somníferos y alcohol en cantidad considerable. No recordaba nada, no sabía nada de la muerte de sus hijos. Ella había hablado de un ecuatoriano que se presentó para robar en su habitación. Hacia las siete de la mañana, decía. Los cadáveres de los niños delataban que la hora de su muerte había sido a las dos y media de la madrugada ¿Qué pasó en ese largo periodo de tiempo? Ahora ya se sabe todo.
Francisca González estuvo preparando su coartada, inventando una historia que solo su desvariada mente podía llegar a creer. Rompió los cristales de una ventana; pero no como lo haría una mujer sometida a un ataque de locura. Lo hizo de fuera hacia dentro de la casa, tal como lo ejecutaría alguien situado en el exterior. Usó una plancha. Escondió las joyas para que nadie pudiera encontrarlas y simular un móvil creíble: el robo. Y, sobre todo, pensó y repensó qué datos facilitar a la policía sobre su hipotético y fantasmagórico agresor: un ecuatoriano inexistente, alguien que sólo existió en la imaginación de su creadora. Mientras pergeñaba esta historia, en la soledad de la noche, a su lado yacían dos seres inocentes, inmóviles y con sus gargantas rotas. Y cuando aún la oscuridad envolvía aquella tétrica escena, Francisca, salió de su habitación, depositó su pijama en la lavadora, la conectó y avisó a su hijo José-Carlos, que dormía en otra habitación, alertándolo sobre la posibilidad de que hubiera entrado en la casa algún extraño. El reloj marcaba ya las siete de la mañana.Momentos después, José-Carlos corría hacia la vivienda de su tía Mari- Carmen, hermana de su padre, a cuya puerta llamaría nerviosa y compulsivamente. A su casa, explicaba el niño, habían entrado ladrones y sus dos hermanos, echados sobre la cama, no se movían.
El 27 de Octubre del año 2003 comenzó el juicio sobre el parricidio de Santomera. En el banquillo de los acusados se sentaba Francisca González Navarro, madre de los dos niños asesinados por estrangulamiento. En la acusación particular figuraba el abogado de José Ruiz, esposo de la acusada y padre de las víctimas. Un insondable océano de incomprensión y desamor separaba al matrimonio. Las preguntas del fiscal ponían en evidencia la relación que ambos habían mantenido en los últimos tiempos. Francisca, también conocida como Paquita, acusaba a su marido de malos tratos y de haberla inducido a frecuentar locales de intercambio de parejas. Ella lo obedecía por amor, por no perderlo, declaraba la mujer. Él replicaba que la inductora era ella. En lo tocante a los malos tratos, aclaraba el hombre que tan sólo la había golpeado de vez en cuando, pero escasamente. ¿Era eso ser un maltratador?, se preguntaba incrédulo José Ruiz.
Paquita siempre se había mostrado celosa del camionero. Sospechaba que le era infiel. Y eso ella lo soportaba muy mal. Enloquecía tan sólo de pensarlo. Trató, a su vez, de darle celos a su compañero. En la sala de la Audiencia Provincial de Murcia así lo expresó un taxista, Marcos Ruiz, quien declaró que la acusada solicitó su colaboración para hacerle creer a su marido que los dos andaban liados. Del móvil de ella salía mensaje tras mensaje. Asaetaba al marido ausente por razones profesionales o por otros motivos totalmente inconfesables, según creía ella. Él perdía la paciencia. Le contestaba a los mensajes con otros mensajes, displicentes, desabridos, muy poco conciliadores. La misma noche del crimen, hasta las dos de la madrugada, se mantuvo Paquita con el dedo pegado al teclado de su móvil. Su marido corría por calzadas galas. Discusión a distancia. De pronto, ella interrumpió sus comunicados. Él se sobresaltó y dice que la llamó, marcando una y otra vez su número. Nada. ¿Acaso le rondaba por la cabeza la amenaza que le lanzó su compañera un día? “Te voy a dar donde más te duele”, le espetó a su marido, clavando la mirada, esa mirada fría e insensible que nunca la abandona, sobre sus dos hijos pequeños, a quienes adoraba el padre. Después…. Después vino el cable sobre el cuello de un niño. Después, sobre el cuello del otro. La mujer era consciente de sus actos. Podía distinguir perfectamente lo que hacía. Así lo atestiguaron los informes psiquiátricos y así lo recoge el acta de la sentencia. No pudo soportar los malos tratos, la vejación y los desprecios que, según ellas, recibía de su marido. La venganza acudió a sus manos, como en tiempos lejanos acudió a las de la maga Medea, y dejó que el destino escribiera, una vez más, los tristes renglones de un horrendo parricidio. Fue el crimen de una mujer despechada.
La ley le aplicó a Francisca González el máximo castigo para este tipo de delitos: 20 años de presidio por cada víctima y unos cuantos miles de euros para indemnizar a José Ruiz, el padre, y a José-Carlos, el hermano de los dos niños asesinados en la pequeña localidad de Santomera.
EL CRIMEN DE CUENCA
crimen de Cuenca: Crónica de un desventurado error
Cuando José María Grimaldos López regresaba a su casa de Tresjuncos se les quejaba a los suyos. No sabía cómo acabaría el acoso a que le sometían el mayoral y el guarda de la finca donde trabajaba en Osa de la Vega.
Se pasaban el día metiéndose con él, burlándose, gastándole bromas. Se aprovechaban de que el amo, Francisco-Antonio Ruiz, confiaba en ellos y no aparecía demasiado por el campo para pedir cuentas o para supervisar personalmente las tareas emprendidas.
José María Grimaldos trabajaba de pastor. Tenía 28 años y su vida discurría entre ovejas, a cuyo cuidado dedicaba la mayor parte del día. José María se había criado al lado de los animales. Los conocía y los quería. En cambio, con las personas las cosas andaban de otro modo. Desde pequeño, había sufrido insultos, vejaciones, abusos. Su pequeña estatura había contribuido a que se le llamase “el Cepa”. El joven Grimaldos había tenido una gran suerte cuando entró a trabajar en la finca de don Francisco-Antonio Ruiz. Allí tendría un sueldo, y aunque exiguo, asegurado. El trabajo de pastor, ciertamente, no era una gran cosa ni le iba a permitir hacer progresos en la vida. Un día transcurría igual a otro, y éste se hermanaba con el siguiente en una monótona cadena que muy pocos podían resistir más allá de algunos meses. El escaso trato con la gente, convertía al pastor en una persona hosca y de mirada huidiza.
El 20 de agosto de 1910, tras vender unas ovejas, José María se dirige a La Celadilla dispuesto a bañarse. Por la noche ya no regresaría a la finca. Al día siguiente de su desaparición, salta la alarma en Osa de la Vega. ¿Qué ha podido sucederle al zagal? En la España de comienzos del siglo XX abunda el bandolerismo. Su tardanza en regresar despierta los malos augurios. El mayoral, León Sánchez, y el guarda, Gregorio Valero, se impacientan. Salen con sus cabalgaduras a dar una batida. No hay rastro del muchacho. Se dirigen, entonces, al pueblo y dan la voz de alarma. Los vecinos se organizan en grupos. José María ha podido quedar tendido en los viñedos, en un campo de olivos o entre las espigas densas y altas de los trigales. La búsqueda, aunque infructuosa, se prolonga tras la puesta del sol con la ayuda de los perros y de los fanalillos de aceite que portan los que han intuido que la noche se presentaría negra y larga.
Pasan los días y José María sigue sin dar señales de vida. En Osa de la Vega cada vez van siendo menos los que miran hacia el horizonte con la esperanza de ver regresar al zagal de la finca de don Francisco-Antonio Ruiz. La espera se hace insoportable, sobre todo para los allegados del desaparecido. Los familiares no creen que lo haya despedazado un lobo, como comenta el guarda Gregorio Valero. Poco a poco va germinando una idea en sus cabezas. Recuerdan que José María se quejaba sin cesar del trato que le dispensaban el mayoral y el guarda. Acostumbraba describirlos a ambos como a dos hombretones sin escrúpulos que gozaban con el sufrimiento que le inferían con sus burlas. Eran mala gente, sí; eran mala gente, se repetían una y otra vez, recelosos y desconfiados, los familiares del zagal desaparecido. Finalmente, no encontraron otra explicación que el asesinato. Creyeron que León y Gregorio habrían matado a José María y, tras robarle el dinero de la venta de ovejas, lo habían enterrado en algún lugar oculto. Persuadidos de ello, los familiares de José María Grimaldos se presentaron ante el juez de Belmonte y realizaron la correspondiente denuncia. Se abren diligencias y en el mes de septiembre de 1911 el juez considera la causa sobreseída por falta de pruebas en las que sustentar las denuncias presentadas por la familia.
Dos años después llega a Belmonte un nuevo juez. Se trata de don Emilio Isasa Echenique. Es un hombre con una filosofía de la vida muy definida. El país se desmembra porque no hay mano dura. La impunidad campea por doquier y los asesinos no encuentran quien los escarmiente. El juez va poseído por esa especie de mandato divino que le ordena actuar con severidad. Sus oídos se hallan muy abiertos para escuchar las acusaciones de los familiares de José María que insisten en su teoría del asesinato. El juez Isasa pasa pronto a la acción: manda detener a los dos sospechosos y los pone en manos de la Guardia Civil. Son tiempos en los que la Benemérita se compone de agentes sin ninguna formación. Muchos de ellos, como gran parte de la sociedad española de aquellos años, se declaran analfabetos. Con un fusil en las manos se creen los dueños del mundo. Espoleados, además, por el juez Isasa, que les da alas, que los arenga y que les marca personalmente la línea de acción, emplean todo tipo de presiones y de torturas físicas para que León y Gregorio se declaren culpables de un crimen que ellos juran no haber cometido. Mientras tanto, en Osa de la Vega y en Tresjuncos, pueblo de El Cepa, ya se ha consolidado la creencia de que José María fue asesinado y que el juez Isasa es un hombre providencial que evitará que los asesinos queden exculpados. Si alguien hubiera osado poner en cuestión este hecho, no se le consideraría en sus cabales. La sentencia popular ya estaba emitida y circulaba con absoluta unanimidad.
Arropado, pues, por una opinión pública favorable y, finalmente, por la confesión de los mismos reos, aterrados ante las torturas, a finales de 1913 el juez don Emilio Isasa le ordena al juez municipal de Osa de la Vega que extienda un acta de defunción en los términos siguientes: “…que José María Grimaldos López, falleció a las 8,30 o 9 de la noche del 21 de agosto de 1910 en el palomar de la “Virgen de la Vega” de este término municipal a consecuencia de haber sido asesinado por León Sánchez y Gregorio Valero…”.En el acta de defunción no se determinaba en qué paraje se había encontrado el cuerpo de la desgraciada víctima. Tanto el mayoral como el guarda, para huir del castigo corporal al que estaban siendo sometidos, tras su autoinculpación señalaron diversos lugares en donde pudiera hallarse el cuerpo del delito. Pero todas las búsquedas resultaban infructuosas.
En 1918 los dos reos comparecen ante el juez en la Audiencia Provincial de Cuenca. Este juicio ha pasado a la historia como paradigma de un montaje pseudojudicial en el que todos los papeles ya estaban repartidos y el guión escrito de antemano. Los dos inculpados no pueden escapar de su condición de víctimas y, finalmente, son condenados a 18 años de cárcel. Era el 28 de mayo y, en esa fecha, León Sánchez y Gregorio Valero ya llevaban 4 años y medio en prisión. El 4 de Julio de 1925, tras 12 años y 2 meses de condena cumplida, ambos reos, en virtud de un indulto, son puestos en libertad.
La paz y el sosiego ya habían vuelto a las pequeñas poblaciones de Osa de la Vega y Tresjuncos. Medio año después, en febrero de 1926, el cura de este segundo pueblo recibe una carta del párroco de Mira solicitándole la partida de nacimiento de José María Grimaldo López con la finalidad de que éste pueda contraer matrimonio. El cura de Tresjuncos cree morir del sobresalto. Entonces…, si no ha muerto, ¿los hombres que han pagado con cárcel…? El cura se amilana. Todo el pueblo, él mismo, han estado convencidos de la mala naturaleza del guarda y del mayoral. Todos han contribuido a lapidarlos moralmente antes de que la Guardia Civil los lapidara físicamente.
¿Qué hacer ahora?Por lo pronto, el cura de Tresjuncos oculta la noticia. Da la callada por respuesta. Pero José María Grimaldo, que se impaciencia por la tardanza de su partida de nacimiento, viaja hasta el pueblo. Su presencia provoca un auténtico revuelo. Creen estar viendo a un fantasma. Se frotan los ojos. Finalmente, se persuaden del error que han cometido con dos hombres que, mientras pudieron resistir las torturas, siempre habían proclamado su inocencia. Pero los hechos se hallaban situados ya en la línea de lo irreversible. En España estalla la indignación por el error judicial cometido. La prensa contribuye a caldear el ambiente. Nadie entiende cómo José María ha podido permanecer 16 años sin dar señales de vida y sin enterarse de la dramática situación que había provocado en la existencia de dos hombres tras su enigmática desaparición. El ministro de Gracia y Justicia se ve precisado a intervenir ordenando la revisión de la sentencia de la Audiencia Provincial de Cuenca del año 1918. Son muy explícitas las palabras que se emplean en esta solicitud. Se dice que “hay fundamentos bastantes para estimar que la confesión de los reos Valero y Sánchez, base esencial de su condena, fue arrancada en el sumario mediante violencias inusitadas”.
En esta historia no se concreta muy bien si José María Grimaldos López llegó a tener conciencia plena del daño inferido con su desaparición a los dos antiguos compañeros de trabajo, pero lo cierto es que estos maltrechos hombres ya no pudieron continuar sus vidas en su pueblo, entre los suyos, entre unas gentes que los habían condenado sin motivo alguno, a pesar de que sus voces, recias mientras pudieron, no cesaron de reclamar su inocencia, su más completa inocencia.
Cuando José María Grimaldos López regresaba a su casa de Tresjuncos se les quejaba a los suyos. No sabía cómo acabaría el acoso a que le sometían el mayoral y el guarda de la finca donde trabajaba en Osa de la Vega.
Se pasaban el día metiéndose con él, burlándose, gastándole bromas. Se aprovechaban de que el amo, Francisco-Antonio Ruiz, confiaba en ellos y no aparecía demasiado por el campo para pedir cuentas o para supervisar personalmente las tareas emprendidas.
José María Grimaldos trabajaba de pastor. Tenía 28 años y su vida discurría entre ovejas, a cuyo cuidado dedicaba la mayor parte del día. José María se había criado al lado de los animales. Los conocía y los quería. En cambio, con las personas las cosas andaban de otro modo. Desde pequeño, había sufrido insultos, vejaciones, abusos. Su pequeña estatura había contribuido a que se le llamase “el Cepa”. El joven Grimaldos había tenido una gran suerte cuando entró a trabajar en la finca de don Francisco-Antonio Ruiz. Allí tendría un sueldo, y aunque exiguo, asegurado. El trabajo de pastor, ciertamente, no era una gran cosa ni le iba a permitir hacer progresos en la vida. Un día transcurría igual a otro, y éste se hermanaba con el siguiente en una monótona cadena que muy pocos podían resistir más allá de algunos meses. El escaso trato con la gente, convertía al pastor en una persona hosca y de mirada huidiza.
El 20 de agosto de 1910, tras vender unas ovejas, José María se dirige a La Celadilla dispuesto a bañarse. Por la noche ya no regresaría a la finca. Al día siguiente de su desaparición, salta la alarma en Osa de la Vega. ¿Qué ha podido sucederle al zagal? En la España de comienzos del siglo XX abunda el bandolerismo. Su tardanza en regresar despierta los malos augurios. El mayoral, León Sánchez, y el guarda, Gregorio Valero, se impacientan. Salen con sus cabalgaduras a dar una batida. No hay rastro del muchacho. Se dirigen, entonces, al pueblo y dan la voz de alarma. Los vecinos se organizan en grupos. José María ha podido quedar tendido en los viñedos, en un campo de olivos o entre las espigas densas y altas de los trigales. La búsqueda, aunque infructuosa, se prolonga tras la puesta del sol con la ayuda de los perros y de los fanalillos de aceite que portan los que han intuido que la noche se presentaría negra y larga.
Pasan los días y José María sigue sin dar señales de vida. En Osa de la Vega cada vez van siendo menos los que miran hacia el horizonte con la esperanza de ver regresar al zagal de la finca de don Francisco-Antonio Ruiz. La espera se hace insoportable, sobre todo para los allegados del desaparecido. Los familiares no creen que lo haya despedazado un lobo, como comenta el guarda Gregorio Valero. Poco a poco va germinando una idea en sus cabezas. Recuerdan que José María se quejaba sin cesar del trato que le dispensaban el mayoral y el guarda. Acostumbraba describirlos a ambos como a dos hombretones sin escrúpulos que gozaban con el sufrimiento que le inferían con sus burlas. Eran mala gente, sí; eran mala gente, se repetían una y otra vez, recelosos y desconfiados, los familiares del zagal desaparecido. Finalmente, no encontraron otra explicación que el asesinato. Creyeron que León y Gregorio habrían matado a José María y, tras robarle el dinero de la venta de ovejas, lo habían enterrado en algún lugar oculto. Persuadidos de ello, los familiares de José María Grimaldos se presentaron ante el juez de Belmonte y realizaron la correspondiente denuncia. Se abren diligencias y en el mes de septiembre de 1911 el juez considera la causa sobreseída por falta de pruebas en las que sustentar las denuncias presentadas por la familia.
Dos años después llega a Belmonte un nuevo juez. Se trata de don Emilio Isasa Echenique. Es un hombre con una filosofía de la vida muy definida. El país se desmembra porque no hay mano dura. La impunidad campea por doquier y los asesinos no encuentran quien los escarmiente. El juez va poseído por esa especie de mandato divino que le ordena actuar con severidad. Sus oídos se hallan muy abiertos para escuchar las acusaciones de los familiares de José María que insisten en su teoría del asesinato. El juez Isasa pasa pronto a la acción: manda detener a los dos sospechosos y los pone en manos de la Guardia Civil. Son tiempos en los que la Benemérita se compone de agentes sin ninguna formación. Muchos de ellos, como gran parte de la sociedad española de aquellos años, se declaran analfabetos. Con un fusil en las manos se creen los dueños del mundo. Espoleados, además, por el juez Isasa, que les da alas, que los arenga y que les marca personalmente la línea de acción, emplean todo tipo de presiones y de torturas físicas para que León y Gregorio se declaren culpables de un crimen que ellos juran no haber cometido. Mientras tanto, en Osa de la Vega y en Tresjuncos, pueblo de El Cepa, ya se ha consolidado la creencia de que José María fue asesinado y que el juez Isasa es un hombre providencial que evitará que los asesinos queden exculpados. Si alguien hubiera osado poner en cuestión este hecho, no se le consideraría en sus cabales. La sentencia popular ya estaba emitida y circulaba con absoluta unanimidad.
Arropado, pues, por una opinión pública favorable y, finalmente, por la confesión de los mismos reos, aterrados ante las torturas, a finales de 1913 el juez don Emilio Isasa le ordena al juez municipal de Osa de la Vega que extienda un acta de defunción en los términos siguientes: “…que José María Grimaldos López, falleció a las 8,30 o 9 de la noche del 21 de agosto de 1910 en el palomar de la “Virgen de la Vega” de este término municipal a consecuencia de haber sido asesinado por León Sánchez y Gregorio Valero…”.En el acta de defunción no se determinaba en qué paraje se había encontrado el cuerpo de la desgraciada víctima. Tanto el mayoral como el guarda, para huir del castigo corporal al que estaban siendo sometidos, tras su autoinculpación señalaron diversos lugares en donde pudiera hallarse el cuerpo del delito. Pero todas las búsquedas resultaban infructuosas.
En 1918 los dos reos comparecen ante el juez en la Audiencia Provincial de Cuenca. Este juicio ha pasado a la historia como paradigma de un montaje pseudojudicial en el que todos los papeles ya estaban repartidos y el guión escrito de antemano. Los dos inculpados no pueden escapar de su condición de víctimas y, finalmente, son condenados a 18 años de cárcel. Era el 28 de mayo y, en esa fecha, León Sánchez y Gregorio Valero ya llevaban 4 años y medio en prisión. El 4 de Julio de 1925, tras 12 años y 2 meses de condena cumplida, ambos reos, en virtud de un indulto, son puestos en libertad.
La paz y el sosiego ya habían vuelto a las pequeñas poblaciones de Osa de la Vega y Tresjuncos. Medio año después, en febrero de 1926, el cura de este segundo pueblo recibe una carta del párroco de Mira solicitándole la partida de nacimiento de José María Grimaldo López con la finalidad de que éste pueda contraer matrimonio. El cura de Tresjuncos cree morir del sobresalto. Entonces…, si no ha muerto, ¿los hombres que han pagado con cárcel…? El cura se amilana. Todo el pueblo, él mismo, han estado convencidos de la mala naturaleza del guarda y del mayoral. Todos han contribuido a lapidarlos moralmente antes de que la Guardia Civil los lapidara físicamente.
¿Qué hacer ahora?Por lo pronto, el cura de Tresjuncos oculta la noticia. Da la callada por respuesta. Pero José María Grimaldo, que se impaciencia por la tardanza de su partida de nacimiento, viaja hasta el pueblo. Su presencia provoca un auténtico revuelo. Creen estar viendo a un fantasma. Se frotan los ojos. Finalmente, se persuaden del error que han cometido con dos hombres que, mientras pudieron resistir las torturas, siempre habían proclamado su inocencia. Pero los hechos se hallaban situados ya en la línea de lo irreversible. En España estalla la indignación por el error judicial cometido. La prensa contribuye a caldear el ambiente. Nadie entiende cómo José María ha podido permanecer 16 años sin dar señales de vida y sin enterarse de la dramática situación que había provocado en la existencia de dos hombres tras su enigmática desaparición. El ministro de Gracia y Justicia se ve precisado a intervenir ordenando la revisión de la sentencia de la Audiencia Provincial de Cuenca del año 1918. Son muy explícitas las palabras que se emplean en esta solicitud. Se dice que “hay fundamentos bastantes para estimar que la confesión de los reos Valero y Sánchez, base esencial de su condena, fue arrancada en el sumario mediante violencias inusitadas”.
En esta historia no se concreta muy bien si José María Grimaldos López llegó a tener conciencia plena del daño inferido con su desaparición a los dos antiguos compañeros de trabajo, pero lo cierto es que estos maltrechos hombres ya no pudieron continuar sus vidas en su pueblo, entre los suyos, entre unas gentes que los habían condenado sin motivo alguno, a pesar de que sus voces, recias mientras pudieron, no cesaron de reclamar su inocencia, su más completa inocencia.
ASESINOS DE MIEDO
“Duerme tesoro
que viene el Coco
y se come a los niños
que duermen poco”.
Esta siniestra amenaza no procede de ninguna leyenda de la España negra ni de una mente literaria distorsionada por drogas o enfermedades degenerativas. Es simplemente una canción de cuna. Los niños españoles, y yo entre ellos, fuimos acunados, en general por nuestra madre que nos cantaba con dulzura historias horripilantes. Con esto conseguían dos objetivos muy dispares. El primero era crear en nuestra mente una sensación de inseguridad, de peligro, con lo cual se suponía que el niño sería prudente y sumiso, obedecería a sus mayores para alejar el quimérico peligro de hallarse solo, abandonado por los suyos ante El Coco o cualquiera de sus prosélitos. Por otra parte, era bueno mantener el principio de autoridad en manos de los mayores pensando que así se alejaba a los pequeños de los auténticos peligros de la noche, y en general de la vida. Estas intenciones, más o menos sanas, se veían en realidad frustradas porque los pequeños, en general más impresionables que los adultos, se veían afectados por el terrible síndrome del miedo. Miedo, miedo a todo lo insólito, miedo a la noche. Era un paraguas protector para los pequeños y una tranquilidad para los mayores, que suponían que así sus criaturas no se alejarían de ellos, no se aproximarían a carreteras o caminos frecuentados por desconocidos y huirían como alma que lleva el diablo ante lo desconocido, fuese un vagabundo, un buhonero o un mendigo. Ahí los uniformes empezaron a adquirir un prestigio inmerecido. Por influencia materna, un guardia o un militar se veían exentos de cualquier sospecha de peligrosidad.
Esto por definición sabemos de sobra que es ridículo, pero respondía a una especie de consigna tácita, entre los mayores, de crear en el niño una sensación de seguridad ante la autoridad en contraste con los extraños, sobre todo, que parecían de condición modesta o iban pobremente trajeados. Los niños, generalmente, están menos preparados a afrontar situaciones insólitas: Un hombre que aborda a un niño en una calle oscura, quizá con la única intención de preguntarle por la tienda de la esquina o la ubicación de una iglesia, debía producir terror al chico y hacerle huir sin llegar siquiera a comprender lo que le han preguntado. A esto contribuían, por supuesto, la proverbial mala y escasa iluminación de nuestros pueblos y facilitaban las reuniones alrededor del fuego del hogar, las charlas bajo soportales o atrios, pero teniendo siempre a los pequeños más o menos a la vista. En nuestro país se tuvo muy poco en cuenta la opinión de los pequeños y se acallaba con una bofetada o un azote cualquier intento de escapar a esa obediencia rutinaria. Lo terrible para los mayores es que, como los pequeños nunca fueron especialmente estúpidos, muchos empezaron a darse cuenta de que las cosas no eran exactamente como se las contaban y que las amenazas de ser devorados si cruzaban la calle, aunque fuera sólo para comprar un tebeo, no se cumplían nunca. Si eran obedientes se quedaban sin tebeo, eso es todo. Había, pues, una rebelión soterrada entre los más audaces. Claro que había algunos malvados que de verdad abusaban de los niños, pero eran un número tan mínimo que los mayores para asustar a sus hijos tenían o que inventarse seres quiméricos como El Coco o buscar referencias foráneas –que por supuesto ellos no situaban en el mapa–, para que los pequeños no supieran si estas amenazas de perder las mantecas, la sangre o incluso la vida venían de tierras remotas –remoto era todo lo que no se situaba a menos de veinte kilómetros– o del vecino de al lado.
A pesar del natural y casi institucional miedo creado por los mayores, nuestros niños empezaron a tomarse esos peligros a beneficio de inventario. Durante siglos ha sido una lucha desigual, una lucha sobre todo intelectual, a pesar de que casi nadie intuía siquiera las consecuencias para la formación de los jóvenes de esa investigación al acojonamiento como prevención de males mayores. Así, con el miedo por delante, con la amenaza de la llegada inminente del Hombre del Saco para llevarse a los niños a unas cuevas sórdidas donde serían devorados lentamente, donde les sacarían la sangre y las grasas, pensaban conjurar los peligros reales –que el niño tirara una piedra al ventanuco del vecino, o se comiera las manzanas del huerto cercano–. Pero llegó un momento en que estos monstruos imaginarios empezaron a perder prestigio. Esto sucedió cuando las cabecitas pequeñas pero pensantes fueron conscientes de la poca veracidad de esas amenazas. No había ninguna referencia seria de que un niño real como nosotros fuera devorado por el simple hecho de comerse las manzanas del vecino, romper un cristal o dormir poco.
Y sin embargo esta amenaza, y otras muchas que han sido espada de Damocles para la tranquilidad del pobre infante hispano, existen desde tiempo inmemorial. El Coco no es otro que el Hombre del Saco, el Tío Camuñas, El Bute (hombre del saco andaluz, de gran prestigio entre los niños de la provincia de Granada, sobre todo), el Tío Saín y el Tío Garrampón (creaciones levantinas), y otros muchos de mayor o menor importancia, pero que en general no son sino una repetición ligeramente adaptada a la región o a la ciudad en que se situaba a esos malvados. Todos ellos, menos quizá El Cortasebos, carecen del menor encanto literario. Son en general gente tosca, brutal, incapaz de originar una leyenda e inspirar a un Hoffmann, Poe o hasta nuestro modesto pero no menos aterrador Gustavo Adolfo Bécquer. Todos ellos proceden del acervo popular más tosco, empecinado en la creación de asustadores folclóricamente posibles. Forman parte de nuestra terrible leyenda negra, tan dada a la carnicería, a la casquería casi, como siniestro precedente del gran Guiñol francés o el más retrogrado cine gore. El Cortasebos, un Sacamantecas extremeño, es posiblemente la única de las variantes del monstruo devorador de criaturas que fue inventado por una imaginación algo más sutil. Es un fantasma, el fantasma de un agricultor que robaba a los niños porque él nunca los tuvo, era estéril y esto le producía los mayores traumas. Salía a las doce de la noche, la hora de los espíritus, en busca de niños que se hubieran portado mal y les sacaba la sangre y las mantecas. Puede que estuviera inspirado en una leyenda ligeramente más plausible, “la del coche de la sangre”. En ésta, unos seres diabólicos recorrían páramos y bosques en una sanguinaria búsqueda de niños perdidos o simplemente durmientes y les chupaban la sangre, se la extraían para dársela al hijo tuberculoso de algún rey o de una familia muy rica, con el pensamiento de que la mezcla de la sangre corrompida de los nobles y la sana de los vasallos curaría o al menos aliviaría las enfermedades de los poderosos. De paso, convenía crear el terror entre los pobres niños para que éstos se quedaran en casita y no se atrevieran a la menor travesura. Esto originó las bandas de adolescentes conjurados en la defensa del grupo contra la perfidia de los mayores. Incluso las mujeres participaron de esta reacción. Las más fuertes y con sentido corporativo fueron las monjas, que se encerraban a cal y canto en sus conventos, prestas a defenderse de todo Hombre del Saco, de todo Camuñas o Sacamantecas que se acercara por allí.
La verdad es que ninguno de estos seres tenía el menor soporte real, ni siquiera el perfume de lo legendario. Eran malvados para andar por casa; crueles asesinos, eso sí, pero sin el menor valor literario. Es curioso que en un país tan imaginativo artísticamente –pensemos en la pintura negra de Goya, en Solana– los asesinos hayan sido siempre tan torpes, tan poco creativos. Los crímenes españoles tienen casi un argumento único: hombre embrutecido que descuartiza a su parienta por celos o en un momento de cólera insuperable –debido, eso sí, a razones fútiles–. Al cabo de unas horas, este salvaje se suicidará despeñándose o colgándose de un árbol. Con lo cual, no se precisa de la menor indagación, no tiene misterio. Y ese es el drama del crimen español. No tiene misterio, es un hecho violento y no responde en general a ninguna creación maligna ni siquiera a la menor sutileza intelectual. Así pues, nuestros Sacamantecas fueron, casi seguro, producto de la invención popular para asustar a los pequeños de la casa. No era el Sacamantecas, sino los diversos Sacamantecas, con nombre gallego, vasco, catalán, bable o castellano, quienes con las pequeñas variantes localistas eran los encargados de alimentar y distribuir los terrores populares. Creo que el último de ellos, cronológicamente, fue el Sereno, un personaje ya desaparecido de nuestras calles, pero que supo como pocos congeniar la ley y el terror. En principio era un hombre de autoridad muy limitada, un peripatético de la noche en ciudades y pueblos, un solitario y misterioso individuo que, armado solamente de un chuzo (una especie de estaca coronada por un agudo pincho), era encargado por las autoridades municipales de mantener la ley y el orden en la noche, aunque también era empleado muchas veces para otros menesteres más simples, como dar la hora a grito pelado, rompiendo el silencio y despertando a más de un ciudadano; de anunciar (por cierto, mucho mejor que el hombre del tiempo actual) la temperatura aproximada y cualquier inclemencia climatológica; de avisar al médico cuando alguien se ponía a parir (en sentido figurado y también en el más realista), y de velar, en fin, por la seguridad y la calma. La verdad es que esto último no lo cumplía estrictamente. La mayoría de ellos apestaban a vino, mistela o cazalla, según la región, y aunque su misión era también la de abrir la puerta a los vecinos de su sector, no siempre encontraban la cerradura. Este hombre, este auténtico guardaespaldas, modesto y casi siempre servil, vivía de una ridícula remuneración mensual y de las propinas y regalos de los vecinos. Ni que decir tiene que la presencia del sereno producía inquietud y hasta miedo a los niños, con su guardapolvos grisáceo o azul, según la región, y su gorra, amén de su lanza de andar por casa. A menudo era espectacular, teatral, cuando daba un golpe en el empedrado con su chuzo y anunciaba: “Las tres y media y sereno”, su voz resonaba en las calles vacías y seguro que muchos niños perdían el sueño después de su deambulante pasada. Este sereno era un Sacamantecas en ciernes para los críos de la vecindad, que creían que su misión principal era la de acogotar, lancear y asesinar a los niños desobedientes o díscolos con la anuencia de sus progenitores. No sé por qué tradición secular los serenos eran asturianos o gallegos y hablaban con un fuerte acento. No estaban preparados en gimnasios o academias, pero tenían una mala leche que compensaba estas carencias. A golpe de chuzo podían dejar fuera de combate a todo tipo de delincuentes por peligrosos que éstos parecieran. Pero un solo individuo, por bruto que fuera, no podía resistir largo tiempo, apenas armado, y mal alimentado. El mal, los terrores, fueron acrecentando sus poderes y los hombres del saco se adueñaron de la situación.
Corrían cada vez más historias espeluznantes, de sacamantecas, chupasangres y otras lindezas. Seria muy difícil dar una entidad humana a estos personajes de pesadilla si no fuera porque uno de ellos se humanizó, se concretizó en un hombre de carne y hueso. Por una vez la leyenda precedió a su fundamento real. Se tenía noticia de sujetos que asesinaron a personas para extraer manteca, cosa que ocurrió muy frecuentemente en tiempos de la Inquisición y hasta bien entrado el siglo XX, y si se asustaba a los niños con ellos era para evitar que se acercasen a los desconocidos. Eran hombres que encargaban a otros matar a niños lustrosos y hasta alguna mujer y luego les extraían la sangre y la manteca para venderlas. (La última versión conocida de esta figura tan genérica como siniestra es El Sereno).
Ha habido en España candidatos al Oscar de los horrores en todos los rincones de nuestra tierra, pero ninguno como un verdadero creador del crimen artesanal: el alavés Juan Díaz de Garayo y Argandoña, que se hizo un puesto de honor en la crónica negra, no sólo del País Vasco sino de España entera. No se trataba de ningún gañán abotargado, de ningún cerebro minus desarrollado. Había nacido en Eguilaz en el año 1821, y su carrera de crímenes, en cierta manera muy similar a la de Jack el Destripador, fue, sin embargo, mucho más larga y generosa en cuanto a su cantidad y también a su ensañamiento. Él se convirtió, con toda justicia, en el auténtico Sacamantecas, un ser mitificado en coplas de ciego y otras leyendas populares. Era labrador y fue el asesino en serie más importante del país, con la excepción del Hombre Lobo de Allariz, Manuel Blanco. Durante casi diez años, Juan Díaz cometió por lo menos 10 crímenes probados, aunque se supone que debieron ser muchos más. Nunca salió de su región. Y en ella asesinaba, siempre a mujeres. A diferencia de otros criminales más selectivos o de gustos más refinados, Juan Díaz de Garayo responde perfectamente al esquema del asesino impulsivo que mata indiscriminadamente a viejas y jóvenes, ricas y pobres… bastaba que fueran mujeres. Era un hombre de complexión fuerte que elegía sus victimas obedeciendo casi siempre a un estado de excitación criminal que le convertía en un verdadero depredador.
Su primera víctima conocida fue una prostituta de muy modesta condición, una ramera callejera. Fue abordada por el asesino y ambos discutieron durante un momento sobre el precio. Garayo ya era un hombre mayor de cincuenta años y no precisamente un tipo desenvuelto u ocurrente. Al no llegar a un acuerdo con la mujer, él, que se había ido excitando durante la discusión, se lanzó sobre ella y la estranguló. Después se llevó el cuerpo hasta un lugar apartado y allí lo violó y sodomizó. Durante el proceso, años después, los jueces no encontrarían ningún atenuante en los actos de Garayo. Se dictaminó que no se había apoderado de él ningún impulso invencible, ninguna locura transitoria que nublara su mente llevándole al crimen. Estaba excitado, sí, pero habría podido vencer sus impulsos si así lo hubiera querido. Parece ser que, como colofón a su crimen, abrió el vientre del cadáver y eyaculó una segunda vez sobre el mismo. Así fue la primera vez y así fueron las siguientes. Su sistema, si es que se puede hablar de sistema, era siempre el mismo. Abordaba a las mujeres en cualquier sitio solitario, las forzaba y las asesinaba sin la menor piedad. Con el transcurso del tiempo sus crímenes se fueron haciendo más monstruosos, incluyendo el desgarramiento de las entrañas de la victima, la mutilación –para la que usaba un cuchillo de monte para cazar osos–. Cuando había terminado con ellas, abandonaba los cuerpos en el bosque y no había en él el menor rastro de piedad, de arrepentimiento. Parecía alguien ignorante del daño irreparable que producía a cada vez que se dejaba llevar por el impulso de sus deseos. Era como una bestia humana.
El tiempo que transcurría entre sus crímenes parece que la vida de Garayo era normal y aburrida. Se casó en cuatro ocasiones y sus matrimonios fueron cada vez más frustrantes para él. El primero, con una viuda del lugar apodada la Zurrumbona, fue el más duradero y él vivió un periodo de paz, dedicado a las labores del campo y a la caza. Pero al cabo de 13 años, tras la muerte, en circunstancias extrañas, de la Zurrumbona, Garayo inició su carrera sangrienta. El espacio entre sus crímenes se fue acortando lentamente. No hay ninguna prueba de que él asesinara a sus siguientes esposas, aunque al menos dos de ellas murieran en circunstancias extrañas. Pero eso no levantó sospechas razonables entre los habitantes de la zona y mucho menos entre la escasa representación de la justicia –una pareja itinerante de la Guardia Civil–.
Sin duda, envalentonado por su siniestra impunidad, Garayo continuó su terrible carrera dejando rastros y pistas que apenas se preocupaba en ocultar. Sus víctimas seguían siendo siempre las mismas: mujeres pobres, solitarias, viejas o jóvenes. Asesinó y se ensañó también con algunas jovencitas, pero era realmente una fiera, cuyo placer era la satisfacción de sus instintos menos sexuales que fruto de una profunda crueldad. Varias veces estuvo a punto de caer en manos de la justicia, atacando en pleno día a sus victimas. Algunas lograron escapar, pero daban unas descripciones tan horribles y exageradas que no conducían a esclarecer la personalidad del delincuente. Fueron nueve años de terror en la región del llano alavés. Por supuesto que desde el primer asesinato el pueblo comenzó a darle el sobrenombre del Sacamantecas, concretizando los miedos atávicos del acervo popular. Y un día, sin una razón aparente, sin una pista seguida con cierta inteligencia, o al menos oficio, por aquellos pobres servidores de la ley, Garayo fue descubierto por una niña a quien no había visto en su vida. Sin duda, en la cabeza de la criatura era la representación perfecta de sus pesadillas. La chica le señaló gritando: “¡Ese es! ¡Es él, el Sacamantecas!”. Eso originó una reacción de las gentes del pueblo y que Garayo fuera interrogado y que la policía descubriera, al hacerle algunas preguntas más o menos acusatorias, que él se derrumbara y confesara sus feroces crímenes. Fue juzgado con bastante rapidez y ejecutado por garrote vil, esa versión ibérica de la horca o la guillotina, pero diez veces más cruel y espantosa.
Juan Díaz de Garayo es un caso claro del asesino cruel, sin freno de ningún tipo, que hiere, descuartiza y mata por puro placer. Sus rasgos, que ayudaron sin duda a que la niña denunciante reconociera en él la plasmación de sus miedos, responde perfectamente a lo que Lombrosso define en su libro L’uomo delinquente (El hombre delincuente) como la tipificación física del criminal. Sus teorías –se le considera el padre de la antropología criminal–, así como las de sus seguidores y discípulos, Ferri y Garofalo sobre todo, pretenden que el criminal en estado puro tiene una morfología especial, que la causa de su maldad está en parte determinada por la estructura de su cráneo: frente breve y huidiza, cerebro pequeño, casi como un hombre de Neandertal, en quien la evolución no se ha completado. Esos individuos no serían, pues, seres libres, ni dueños al cien por cien de sus actos. No serian, entonces, culpables. Habría, eso sí, que encerrarlos por su peligrosidad, pero nunca ejecutarlos por sus actos exentos de libertad.
Estas teorías, cuya vigencia duró mucho más tiempo del presumiblemente lógico, sí ayudaron en casos muy concretos a completar el retrato de los asesinos en primer grado. Las teorías de Lombrosso son hoy inadmisibles, Sobre todo en sociedades evolucionadas; sin embargo, en nuestro país y en el medio rural del siglo XIX sirvieron para que inconscientemente una niña, que posiblemente no se había liberado aún de su memoria cósmica, ayudara a cazar a uno de los más siniestros y repugnantes asesinos de nuestra historia.
que viene el Coco
y se come a los niños
que duermen poco”.
Esta siniestra amenaza no procede de ninguna leyenda de la España negra ni de una mente literaria distorsionada por drogas o enfermedades degenerativas. Es simplemente una canción de cuna. Los niños españoles, y yo entre ellos, fuimos acunados, en general por nuestra madre que nos cantaba con dulzura historias horripilantes. Con esto conseguían dos objetivos muy dispares. El primero era crear en nuestra mente una sensación de inseguridad, de peligro, con lo cual se suponía que el niño sería prudente y sumiso, obedecería a sus mayores para alejar el quimérico peligro de hallarse solo, abandonado por los suyos ante El Coco o cualquiera de sus prosélitos. Por otra parte, era bueno mantener el principio de autoridad en manos de los mayores pensando que así se alejaba a los pequeños de los auténticos peligros de la noche, y en general de la vida. Estas intenciones, más o menos sanas, se veían en realidad frustradas porque los pequeños, en general más impresionables que los adultos, se veían afectados por el terrible síndrome del miedo. Miedo, miedo a todo lo insólito, miedo a la noche. Era un paraguas protector para los pequeños y una tranquilidad para los mayores, que suponían que así sus criaturas no se alejarían de ellos, no se aproximarían a carreteras o caminos frecuentados por desconocidos y huirían como alma que lleva el diablo ante lo desconocido, fuese un vagabundo, un buhonero o un mendigo. Ahí los uniformes empezaron a adquirir un prestigio inmerecido. Por influencia materna, un guardia o un militar se veían exentos de cualquier sospecha de peligrosidad.
Esto por definición sabemos de sobra que es ridículo, pero respondía a una especie de consigna tácita, entre los mayores, de crear en el niño una sensación de seguridad ante la autoridad en contraste con los extraños, sobre todo, que parecían de condición modesta o iban pobremente trajeados. Los niños, generalmente, están menos preparados a afrontar situaciones insólitas: Un hombre que aborda a un niño en una calle oscura, quizá con la única intención de preguntarle por la tienda de la esquina o la ubicación de una iglesia, debía producir terror al chico y hacerle huir sin llegar siquiera a comprender lo que le han preguntado. A esto contribuían, por supuesto, la proverbial mala y escasa iluminación de nuestros pueblos y facilitaban las reuniones alrededor del fuego del hogar, las charlas bajo soportales o atrios, pero teniendo siempre a los pequeños más o menos a la vista. En nuestro país se tuvo muy poco en cuenta la opinión de los pequeños y se acallaba con una bofetada o un azote cualquier intento de escapar a esa obediencia rutinaria. Lo terrible para los mayores es que, como los pequeños nunca fueron especialmente estúpidos, muchos empezaron a darse cuenta de que las cosas no eran exactamente como se las contaban y que las amenazas de ser devorados si cruzaban la calle, aunque fuera sólo para comprar un tebeo, no se cumplían nunca. Si eran obedientes se quedaban sin tebeo, eso es todo. Había, pues, una rebelión soterrada entre los más audaces. Claro que había algunos malvados que de verdad abusaban de los niños, pero eran un número tan mínimo que los mayores para asustar a sus hijos tenían o que inventarse seres quiméricos como El Coco o buscar referencias foráneas –que por supuesto ellos no situaban en el mapa–, para que los pequeños no supieran si estas amenazas de perder las mantecas, la sangre o incluso la vida venían de tierras remotas –remoto era todo lo que no se situaba a menos de veinte kilómetros– o del vecino de al lado.
A pesar del natural y casi institucional miedo creado por los mayores, nuestros niños empezaron a tomarse esos peligros a beneficio de inventario. Durante siglos ha sido una lucha desigual, una lucha sobre todo intelectual, a pesar de que casi nadie intuía siquiera las consecuencias para la formación de los jóvenes de esa investigación al acojonamiento como prevención de males mayores. Así, con el miedo por delante, con la amenaza de la llegada inminente del Hombre del Saco para llevarse a los niños a unas cuevas sórdidas donde serían devorados lentamente, donde les sacarían la sangre y las grasas, pensaban conjurar los peligros reales –que el niño tirara una piedra al ventanuco del vecino, o se comiera las manzanas del huerto cercano–. Pero llegó un momento en que estos monstruos imaginarios empezaron a perder prestigio. Esto sucedió cuando las cabecitas pequeñas pero pensantes fueron conscientes de la poca veracidad de esas amenazas. No había ninguna referencia seria de que un niño real como nosotros fuera devorado por el simple hecho de comerse las manzanas del vecino, romper un cristal o dormir poco.
Y sin embargo esta amenaza, y otras muchas que han sido espada de Damocles para la tranquilidad del pobre infante hispano, existen desde tiempo inmemorial. El Coco no es otro que el Hombre del Saco, el Tío Camuñas, El Bute (hombre del saco andaluz, de gran prestigio entre los niños de la provincia de Granada, sobre todo), el Tío Saín y el Tío Garrampón (creaciones levantinas), y otros muchos de mayor o menor importancia, pero que en general no son sino una repetición ligeramente adaptada a la región o a la ciudad en que se situaba a esos malvados. Todos ellos, menos quizá El Cortasebos, carecen del menor encanto literario. Son en general gente tosca, brutal, incapaz de originar una leyenda e inspirar a un Hoffmann, Poe o hasta nuestro modesto pero no menos aterrador Gustavo Adolfo Bécquer. Todos ellos proceden del acervo popular más tosco, empecinado en la creación de asustadores folclóricamente posibles. Forman parte de nuestra terrible leyenda negra, tan dada a la carnicería, a la casquería casi, como siniestro precedente del gran Guiñol francés o el más retrogrado cine gore. El Cortasebos, un Sacamantecas extremeño, es posiblemente la única de las variantes del monstruo devorador de criaturas que fue inventado por una imaginación algo más sutil. Es un fantasma, el fantasma de un agricultor que robaba a los niños porque él nunca los tuvo, era estéril y esto le producía los mayores traumas. Salía a las doce de la noche, la hora de los espíritus, en busca de niños que se hubieran portado mal y les sacaba la sangre y las mantecas. Puede que estuviera inspirado en una leyenda ligeramente más plausible, “la del coche de la sangre”. En ésta, unos seres diabólicos recorrían páramos y bosques en una sanguinaria búsqueda de niños perdidos o simplemente durmientes y les chupaban la sangre, se la extraían para dársela al hijo tuberculoso de algún rey o de una familia muy rica, con el pensamiento de que la mezcla de la sangre corrompida de los nobles y la sana de los vasallos curaría o al menos aliviaría las enfermedades de los poderosos. De paso, convenía crear el terror entre los pobres niños para que éstos se quedaran en casita y no se atrevieran a la menor travesura. Esto originó las bandas de adolescentes conjurados en la defensa del grupo contra la perfidia de los mayores. Incluso las mujeres participaron de esta reacción. Las más fuertes y con sentido corporativo fueron las monjas, que se encerraban a cal y canto en sus conventos, prestas a defenderse de todo Hombre del Saco, de todo Camuñas o Sacamantecas que se acercara por allí.
La verdad es que ninguno de estos seres tenía el menor soporte real, ni siquiera el perfume de lo legendario. Eran malvados para andar por casa; crueles asesinos, eso sí, pero sin el menor valor literario. Es curioso que en un país tan imaginativo artísticamente –pensemos en la pintura negra de Goya, en Solana– los asesinos hayan sido siempre tan torpes, tan poco creativos. Los crímenes españoles tienen casi un argumento único: hombre embrutecido que descuartiza a su parienta por celos o en un momento de cólera insuperable –debido, eso sí, a razones fútiles–. Al cabo de unas horas, este salvaje se suicidará despeñándose o colgándose de un árbol. Con lo cual, no se precisa de la menor indagación, no tiene misterio. Y ese es el drama del crimen español. No tiene misterio, es un hecho violento y no responde en general a ninguna creación maligna ni siquiera a la menor sutileza intelectual. Así pues, nuestros Sacamantecas fueron, casi seguro, producto de la invención popular para asustar a los pequeños de la casa. No era el Sacamantecas, sino los diversos Sacamantecas, con nombre gallego, vasco, catalán, bable o castellano, quienes con las pequeñas variantes localistas eran los encargados de alimentar y distribuir los terrores populares. Creo que el último de ellos, cronológicamente, fue el Sereno, un personaje ya desaparecido de nuestras calles, pero que supo como pocos congeniar la ley y el terror. En principio era un hombre de autoridad muy limitada, un peripatético de la noche en ciudades y pueblos, un solitario y misterioso individuo que, armado solamente de un chuzo (una especie de estaca coronada por un agudo pincho), era encargado por las autoridades municipales de mantener la ley y el orden en la noche, aunque también era empleado muchas veces para otros menesteres más simples, como dar la hora a grito pelado, rompiendo el silencio y despertando a más de un ciudadano; de anunciar (por cierto, mucho mejor que el hombre del tiempo actual) la temperatura aproximada y cualquier inclemencia climatológica; de avisar al médico cuando alguien se ponía a parir (en sentido figurado y también en el más realista), y de velar, en fin, por la seguridad y la calma. La verdad es que esto último no lo cumplía estrictamente. La mayoría de ellos apestaban a vino, mistela o cazalla, según la región, y aunque su misión era también la de abrir la puerta a los vecinos de su sector, no siempre encontraban la cerradura. Este hombre, este auténtico guardaespaldas, modesto y casi siempre servil, vivía de una ridícula remuneración mensual y de las propinas y regalos de los vecinos. Ni que decir tiene que la presencia del sereno producía inquietud y hasta miedo a los niños, con su guardapolvos grisáceo o azul, según la región, y su gorra, amén de su lanza de andar por casa. A menudo era espectacular, teatral, cuando daba un golpe en el empedrado con su chuzo y anunciaba: “Las tres y media y sereno”, su voz resonaba en las calles vacías y seguro que muchos niños perdían el sueño después de su deambulante pasada. Este sereno era un Sacamantecas en ciernes para los críos de la vecindad, que creían que su misión principal era la de acogotar, lancear y asesinar a los niños desobedientes o díscolos con la anuencia de sus progenitores. No sé por qué tradición secular los serenos eran asturianos o gallegos y hablaban con un fuerte acento. No estaban preparados en gimnasios o academias, pero tenían una mala leche que compensaba estas carencias. A golpe de chuzo podían dejar fuera de combate a todo tipo de delincuentes por peligrosos que éstos parecieran. Pero un solo individuo, por bruto que fuera, no podía resistir largo tiempo, apenas armado, y mal alimentado. El mal, los terrores, fueron acrecentando sus poderes y los hombres del saco se adueñaron de la situación.
Corrían cada vez más historias espeluznantes, de sacamantecas, chupasangres y otras lindezas. Seria muy difícil dar una entidad humana a estos personajes de pesadilla si no fuera porque uno de ellos se humanizó, se concretizó en un hombre de carne y hueso. Por una vez la leyenda precedió a su fundamento real. Se tenía noticia de sujetos que asesinaron a personas para extraer manteca, cosa que ocurrió muy frecuentemente en tiempos de la Inquisición y hasta bien entrado el siglo XX, y si se asustaba a los niños con ellos era para evitar que se acercasen a los desconocidos. Eran hombres que encargaban a otros matar a niños lustrosos y hasta alguna mujer y luego les extraían la sangre y la manteca para venderlas. (La última versión conocida de esta figura tan genérica como siniestra es El Sereno).
Ha habido en España candidatos al Oscar de los horrores en todos los rincones de nuestra tierra, pero ninguno como un verdadero creador del crimen artesanal: el alavés Juan Díaz de Garayo y Argandoña, que se hizo un puesto de honor en la crónica negra, no sólo del País Vasco sino de España entera. No se trataba de ningún gañán abotargado, de ningún cerebro minus desarrollado. Había nacido en Eguilaz en el año 1821, y su carrera de crímenes, en cierta manera muy similar a la de Jack el Destripador, fue, sin embargo, mucho más larga y generosa en cuanto a su cantidad y también a su ensañamiento. Él se convirtió, con toda justicia, en el auténtico Sacamantecas, un ser mitificado en coplas de ciego y otras leyendas populares. Era labrador y fue el asesino en serie más importante del país, con la excepción del Hombre Lobo de Allariz, Manuel Blanco. Durante casi diez años, Juan Díaz cometió por lo menos 10 crímenes probados, aunque se supone que debieron ser muchos más. Nunca salió de su región. Y en ella asesinaba, siempre a mujeres. A diferencia de otros criminales más selectivos o de gustos más refinados, Juan Díaz de Garayo responde perfectamente al esquema del asesino impulsivo que mata indiscriminadamente a viejas y jóvenes, ricas y pobres… bastaba que fueran mujeres. Era un hombre de complexión fuerte que elegía sus victimas obedeciendo casi siempre a un estado de excitación criminal que le convertía en un verdadero depredador.
Su primera víctima conocida fue una prostituta de muy modesta condición, una ramera callejera. Fue abordada por el asesino y ambos discutieron durante un momento sobre el precio. Garayo ya era un hombre mayor de cincuenta años y no precisamente un tipo desenvuelto u ocurrente. Al no llegar a un acuerdo con la mujer, él, que se había ido excitando durante la discusión, se lanzó sobre ella y la estranguló. Después se llevó el cuerpo hasta un lugar apartado y allí lo violó y sodomizó. Durante el proceso, años después, los jueces no encontrarían ningún atenuante en los actos de Garayo. Se dictaminó que no se había apoderado de él ningún impulso invencible, ninguna locura transitoria que nublara su mente llevándole al crimen. Estaba excitado, sí, pero habría podido vencer sus impulsos si así lo hubiera querido. Parece ser que, como colofón a su crimen, abrió el vientre del cadáver y eyaculó una segunda vez sobre el mismo. Así fue la primera vez y así fueron las siguientes. Su sistema, si es que se puede hablar de sistema, era siempre el mismo. Abordaba a las mujeres en cualquier sitio solitario, las forzaba y las asesinaba sin la menor piedad. Con el transcurso del tiempo sus crímenes se fueron haciendo más monstruosos, incluyendo el desgarramiento de las entrañas de la victima, la mutilación –para la que usaba un cuchillo de monte para cazar osos–. Cuando había terminado con ellas, abandonaba los cuerpos en el bosque y no había en él el menor rastro de piedad, de arrepentimiento. Parecía alguien ignorante del daño irreparable que producía a cada vez que se dejaba llevar por el impulso de sus deseos. Era como una bestia humana.
El tiempo que transcurría entre sus crímenes parece que la vida de Garayo era normal y aburrida. Se casó en cuatro ocasiones y sus matrimonios fueron cada vez más frustrantes para él. El primero, con una viuda del lugar apodada la Zurrumbona, fue el más duradero y él vivió un periodo de paz, dedicado a las labores del campo y a la caza. Pero al cabo de 13 años, tras la muerte, en circunstancias extrañas, de la Zurrumbona, Garayo inició su carrera sangrienta. El espacio entre sus crímenes se fue acortando lentamente. No hay ninguna prueba de que él asesinara a sus siguientes esposas, aunque al menos dos de ellas murieran en circunstancias extrañas. Pero eso no levantó sospechas razonables entre los habitantes de la zona y mucho menos entre la escasa representación de la justicia –una pareja itinerante de la Guardia Civil–.
Sin duda, envalentonado por su siniestra impunidad, Garayo continuó su terrible carrera dejando rastros y pistas que apenas se preocupaba en ocultar. Sus víctimas seguían siendo siempre las mismas: mujeres pobres, solitarias, viejas o jóvenes. Asesinó y se ensañó también con algunas jovencitas, pero era realmente una fiera, cuyo placer era la satisfacción de sus instintos menos sexuales que fruto de una profunda crueldad. Varias veces estuvo a punto de caer en manos de la justicia, atacando en pleno día a sus victimas. Algunas lograron escapar, pero daban unas descripciones tan horribles y exageradas que no conducían a esclarecer la personalidad del delincuente. Fueron nueve años de terror en la región del llano alavés. Por supuesto que desde el primer asesinato el pueblo comenzó a darle el sobrenombre del Sacamantecas, concretizando los miedos atávicos del acervo popular. Y un día, sin una razón aparente, sin una pista seguida con cierta inteligencia, o al menos oficio, por aquellos pobres servidores de la ley, Garayo fue descubierto por una niña a quien no había visto en su vida. Sin duda, en la cabeza de la criatura era la representación perfecta de sus pesadillas. La chica le señaló gritando: “¡Ese es! ¡Es él, el Sacamantecas!”. Eso originó una reacción de las gentes del pueblo y que Garayo fuera interrogado y que la policía descubriera, al hacerle algunas preguntas más o menos acusatorias, que él se derrumbara y confesara sus feroces crímenes. Fue juzgado con bastante rapidez y ejecutado por garrote vil, esa versión ibérica de la horca o la guillotina, pero diez veces más cruel y espantosa.
Juan Díaz de Garayo es un caso claro del asesino cruel, sin freno de ningún tipo, que hiere, descuartiza y mata por puro placer. Sus rasgos, que ayudaron sin duda a que la niña denunciante reconociera en él la plasmación de sus miedos, responde perfectamente a lo que Lombrosso define en su libro L’uomo delinquente (El hombre delincuente) como la tipificación física del criminal. Sus teorías –se le considera el padre de la antropología criminal–, así como las de sus seguidores y discípulos, Ferri y Garofalo sobre todo, pretenden que el criminal en estado puro tiene una morfología especial, que la causa de su maldad está en parte determinada por la estructura de su cráneo: frente breve y huidiza, cerebro pequeño, casi como un hombre de Neandertal, en quien la evolución no se ha completado. Esos individuos no serían, pues, seres libres, ni dueños al cien por cien de sus actos. No serian, entonces, culpables. Habría, eso sí, que encerrarlos por su peligrosidad, pero nunca ejecutarlos por sus actos exentos de libertad.
Estas teorías, cuya vigencia duró mucho más tiempo del presumiblemente lógico, sí ayudaron en casos muy concretos a completar el retrato de los asesinos en primer grado. Las teorías de Lombrosso son hoy inadmisibles, Sobre todo en sociedades evolucionadas; sin embargo, en nuestro país y en el medio rural del siglo XIX sirvieron para que inconscientemente una niña, que posiblemente no se había liberado aún de su memoria cósmica, ayudara a cazar a uno de los más siniestros y repugnantes asesinos de nuestra historia.
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