miércoles, 22 de julio de 2009

LA PARRICIDA DE SANTOMERA

Su semblante desgarraba el alma, incluso la de los menos emotivos. Su cuerpo, sin fuerzas suficientes, se desmoronaba sobre el de su marido, un hombre fornido que caminaba a su lado.
La pena la envolvía; la desolación se le había instalado en el rostro mientras seguía el cortejo fúnebre de sus dos pequeños hijos, Francisco y Adrián, de 6 y 4 años respectivamente, asesinados la madrugada del 19 de enero del año 2002 en Santomera, un pueblo de la provincia de Murcia, por estrangulamiento con el cable del cargador de un teléfono móvil.
Los vecinos de Santomera caminaban detrás de esta madre desgraciada y afligida. Algunos lloraban; otros callaban, hundida la mirada en el empedrado. El silencio dejaba oír los sollozos, los ayes desgarrados de los familiares. Mientras tanto, en la mente de todos germinaba un sólo pensamiento. Obsesivamente, una sóla idea perturbaba los ánimos e inquietaba aún más, si cabe, que el dolor o la indignación: el asesino de aquellos dos pequeños andaba suelto. La policía no había apresado a nadie. Tal vez en estos momentos fuese uno de los congregados en el sepelio. Tal vez las palabras más indignadas saliesen de su garganta, falsamente, ignominiosamente, como sale una víbora de su nido sin ser advertida. La madre, Francisca, ha dicho que eran dos ecuatorianos, se pasaban entre murmullos las gentes. Pelearía como una leona, los arañazos de la cara así lo evidencian, sentenciaban los que tenían valor para clavar su mirada en el rostro compungido de la mujer rota.
La versión que Francisca González Navarro había dado de los hechos pronto se conocería en cada casa, en cada grupo que se reunía para hablar del tema. La noche del 18 al 19 de enero se hallaba en su domicilio junto a José-Carlos, su hijo mayor de 14 años, y los dos pequeños, Francisco y Adrián. Su marido, José Ruiz, de profesión camionero, se encontraba por tierras francesas. En algún momento de la noche, entraron en su vivienda dos ecuatorianos y la atacaron en su mismo dormitorio, donde también se hallaban los dos hijos menores. Perdió el conocimiento y al despertar descubrió el horrible espectáculo de los niños muertos. Ella trató de hacer el boca a boca a uno de los dos que parecía aún con vida, pero infructuosamente. Un cristal roto desde el exterior y la desaparición de las joyas de Francisca aportaban cierta credibilidad a sus palabras.
Pero tras el entierro, la Guardia Civil detuvo a la madre. Había en su declaración algunos hechos que no encajaban. ¿Por qué se refería a un ecuatoriano cuando a su familia - a sus cuñados, por ejemplo- les había hablado de dos? ¿Quién era esa persona con rasgos ecuatorianos? ¿Cómo era? ¿Por qué aportaba datos sobre su indumentaria – pantalón vaquero, chaqueta de lino y guantes de látex- y en cambio no explicaba nada sobre sus rasgos físicos. Y, sobre todo, lo que también alertó a la Guardia Civil fue la sangre fría que conservaba aquella mujer mientras hablaba del ataque perpetrado por el imaginario asaltante de su habitación y que había costado la vida a dos de sus hijos. Fumaba y tomaba café sin que la voz se le quebrase, sin que se le notara ese hundimiento desolador y terrible del alma que se le nota a todo ser humano cuando la muerte ha pasado a su lado y se ha llevado a dos pequeños e inocentes hijos, traumática y alevosamente. A los agentes de la Guardia Civil les repelía esa fría mirada, esa ausencia de sentimientos en quien debería ser un volcán irrefrenable de ellos. Mientras tanto las pruebas se acumulaban en contra de Francisca González. La piel que el pequeño Francisco conservaba bajo sus uñas estaba siendo analizada. El Instituto Anatómico Forense de Murcia expedía unas muestras a su homólogo de Madrid. Las pruebas fueron concluyentes. Esa piel pertenecía al rostro de la madre de los niños. El mayor de los dos, en un intento por aferrarse a la vida, debió arañar a su agresora. La coartada de ésta se desmoronaba por varios lados. Dijo haber consumido algún gramo de cocaína, somníferos y alcohol en cantidad considerable. No recordaba nada, no sabía nada de la muerte de sus hijos. Ella había hablado de un ecuatoriano que se presentó para robar en su habitación. Hacia las siete de la mañana, decía. Los cadáveres de los niños delataban que la hora de su muerte había sido a las dos y media de la madrugada ¿Qué pasó en ese largo periodo de tiempo? Ahora ya se sabe todo.
Francisca González estuvo preparando su coartada, inventando una historia que solo su desvariada mente podía llegar a creer. Rompió los cristales de una ventana; pero no como lo haría una mujer sometida a un ataque de locura. Lo hizo de fuera hacia dentro de la casa, tal como lo ejecutaría alguien situado en el exterior. Usó una plancha. Escondió las joyas para que nadie pudiera encontrarlas y simular un móvil creíble: el robo. Y, sobre todo, pensó y repensó qué datos facilitar a la policía sobre su hipotético y fantasmagórico agresor: un ecuatoriano inexistente, alguien que sólo existió en la imaginación de su creadora. Mientras pergeñaba esta historia, en la soledad de la noche, a su lado yacían dos seres inocentes, inmóviles y con sus gargantas rotas. Y cuando aún la oscuridad envolvía aquella tétrica escena, Francisca, salió de su habitación, depositó su pijama en la lavadora, la conectó y avisó a su hijo José-Carlos, que dormía en otra habitación, alertándolo sobre la posibilidad de que hubiera entrado en la casa algún extraño. El reloj marcaba ya las siete de la mañana.Momentos después, José-Carlos corría hacia la vivienda de su tía Mari- Carmen, hermana de su padre, a cuya puerta llamaría nerviosa y compulsivamente. A su casa, explicaba el niño, habían entrado ladrones y sus dos hermanos, echados sobre la cama, no se movían.
El 27 de Octubre del año 2003 comenzó el juicio sobre el parricidio de Santomera. En el banquillo de los acusados se sentaba Francisca González Navarro, madre de los dos niños asesinados por estrangulamiento. En la acusación particular figuraba el abogado de José Ruiz, esposo de la acusada y padre de las víctimas. Un insondable océano de incomprensión y desamor separaba al matrimonio. Las preguntas del fiscal ponían en evidencia la relación que ambos habían mantenido en los últimos tiempos. Francisca, también conocida como Paquita, acusaba a su marido de malos tratos y de haberla inducido a frecuentar locales de intercambio de parejas. Ella lo obedecía por amor, por no perderlo, declaraba la mujer. Él replicaba que la inductora era ella. En lo tocante a los malos tratos, aclaraba el hombre que tan sólo la había golpeado de vez en cuando, pero escasamente. ¿Era eso ser un maltratador?, se preguntaba incrédulo José Ruiz.
Paquita siempre se había mostrado celosa del camionero. Sospechaba que le era infiel. Y eso ella lo soportaba muy mal. Enloquecía tan sólo de pensarlo. Trató, a su vez, de darle celos a su compañero. En la sala de la Audiencia Provincial de Murcia así lo expresó un taxista, Marcos Ruiz, quien declaró que la acusada solicitó su colaboración para hacerle creer a su marido que los dos andaban liados. Del móvil de ella salía mensaje tras mensaje. Asaetaba al marido ausente por razones profesionales o por otros motivos totalmente inconfesables, según creía ella. Él perdía la paciencia. Le contestaba a los mensajes con otros mensajes, displicentes, desabridos, muy poco conciliadores. La misma noche del crimen, hasta las dos de la madrugada, se mantuvo Paquita con el dedo pegado al teclado de su móvil. Su marido corría por calzadas galas. Discusión a distancia. De pronto, ella interrumpió sus comunicados. Él se sobresaltó y dice que la llamó, marcando una y otra vez su número. Nada. ¿Acaso le rondaba por la cabeza la amenaza que le lanzó su compañera un día? “Te voy a dar donde más te duele”, le espetó a su marido, clavando la mirada, esa mirada fría e insensible que nunca la abandona, sobre sus dos hijos pequeños, a quienes adoraba el padre. Después…. Después vino el cable sobre el cuello de un niño. Después, sobre el cuello del otro. La mujer era consciente de sus actos. Podía distinguir perfectamente lo que hacía. Así lo atestiguaron los informes psiquiátricos y así lo recoge el acta de la sentencia. No pudo soportar los malos tratos, la vejación y los desprecios que, según ellas, recibía de su marido. La venganza acudió a sus manos, como en tiempos lejanos acudió a las de la maga Medea, y dejó que el destino escribiera, una vez más, los tristes renglones de un horrendo parricidio. Fue el crimen de una mujer despechada.
La ley le aplicó a Francisca González el máximo castigo para este tipo de delitos: 20 años de presidio por cada víctima y unos cuantos miles de euros para indemnizar a José Ruiz, el padre, y a José-Carlos, el hermano de los dos niños asesinados en la pequeña localidad de Santomera.

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