miércoles, 22 de julio de 2009

EL "PADRE CORAJE" 1: EN LA BOCA DEL LOBO

Su hijo, Juan Holgado, trabajaba en una gasolinera enclavada en Jerez de la Frontera. No era el mejor trabajo que él, su padre, hubiera deseado para su primogénito.
Pero las cosas de la vida vienen como movidas por algún resorte indescifrable y Juan encontró su empleo en la gasolinera de Martín Ferrador y a sus 26 años ejercía como encargado.
En las gasolineras abundan los atracos, sobre todo por la noche. Por eso se ha generalizado entre las que permanecen abiertas a esas horas el sistema de autoservicio, previo pago en una ventanilla, atendida por un empleado situado en el interior de la tienda, cerrada a cal y canto para el público. Francisco y Antonia, padres de Juan, vivían con preocupación las noches en que su hijo tenía que quedarse de guardia en la gasolinera. La noche del 22 de noviembre de 1995, Antonia le habría recomendado: “Abrígate, hijo. Las noches ya comienzan a ser frías.”, cuando el joven ya se estaba preparando para salir de casa. Y Juan la besaría en la frente y le sonreiría con ternura como hacía siempre que su madre lo trataba como a un niño. Era la manera de decirle que no se preocupara. También su padre se despediría esa noche, como en tantas otras, dándole un golpecito en la espalda y pidiéndole que tuviera cuidado. En esos momentos, Francisco y Antonia ignoraban que ya no volverían a ver vivo a su hijo Juan. En la madrugada de ese fatídico día, Juan Holgado, 26 años, encargado de la gasolinera Martín Ferrador, de Jerez de la Frontera, recibía veintiocho cuchilladas por todo su cuerpo y moría a manos de unos atracadores que se llevaron como botín 70.000 de las antiguas pesetas (420 euros), unas botellas de alcohol y unas cuantas cajetillas de tabaco. Sobre el suelo Juan quedó roto, ensangrentado, con la mueca indescriptible de una víctima incapaz de comprender tanta violencia.
Francisco y Antonia, desolados, consumidos por la tristeza, tuvieron que andar detrás del féretro de su hijo sin que ningún consuelo pudiera mitigar su pena. Tras el crimen, las investigaciones policiales se iniciaron al ritmo acostumbrado. La policía comprobó los movimientos de una serie de sospechosos en las horas en que se produjo el atraco a la gasolinera. Supervisó el estado de algún automóvil presuntamente utilizado en la operación, buscó el arma empleada en el acuchillamiento de Juan e interrogó a diversos componentes de los bajos fondos jerezanos. El expediente abierto por la policía iba engrosándose paulatinamente y el perfil de los sospechosos se volvía cada vez más nítido. Pero Francisco Holgado, el padre de la víctima, se desesperaba. Él hubiera querido que el caso se resolviese en veinticuatro horas. La muerte cruenta, terrible, que había sufrido su hijo demandaba un pronto esclarecimiento. Cuando se acostaba por la noche acudían a atormentarle todos los pensamientos, todas las imágenes. Recordaba cada palabra de su hijo, cada gesto, el brillo bondadoso de sus ojos. Y no podía conciliar el sueño.
Le exasperaba la lentitud de la policía. Si él tuviese la autoridad, saldría a la calle, miraría a unos y a otros, a esos que ocupan los bajos fondos, y sabría reconocer a los asesinos de su hijo. Les vería escrita en la cara su culpabilidad. Él, un simple empleado de banca, podría hacerlo. ¿Cómo es que la policía…? El tiempo transcurrió y las heridas que Francisco y su esposa Antonia tenían en el alma desde el día en que muriera su hijo no cicatrizaban. Los agentes del orden ya habían elaborado una lista de cuatro sospechosos y se habían iniciado las diligencias judiciales. Pedro Asencio, Manuel Sañudo, Domingo Gómez y Francisco Escalante estaban a la espera de comparecer ante el juez para responder de la muerte de Juan Holgado en la madrugada del 22 de noviembre. No obstante, Francisco Holgado desconfiaba de las pruebas que había acumulado la investigación policial. Ninguno de los cuatro sospechosos se autoinculpaba o delataba a cualquiera de los otros. Francisco no lo veía claro. Él hubiese llegado más al fondo de la cuestión, hubiera indagado hasta saber, hasta saber… En su cabeza empezó a alumbrar una idea. ¿Y por qué no? ¿Por qué no investigar él mismo, por qué no llegar hasta donde la policía no había podido hacerlo? Había que echarle coraje al asunto. Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, había hablado de una Madre Coraje. ¿Por qué no emularla y convertirse él en un auténtico, en un completo Padre Coraje?
Francisco Holgado se dispuso a buscar pruebas que llevasen a la cárcel al asesino de su hijo. Salió a la calle y frecuentó los bajos fondos. Allí conoció a un individuo. Se llamaba Pepe el Gitano. “Juro que te contaré toda la verdad”, le había dicho éste. Pero se evaporó antes de hablar. Representó una promesa jamás cumplida. Fue entonces cuando Francisco Holgado tomó la determinación de dar un paso más definitivo. Volvió a su casa con un paquete debajo del brazo. Había comprado ropa y una peluca. También unas gafas diferentes a las que solía usar. Se miró al espejo: sí, parecía uno de ellos, uno de esos que trafican con droga, que atracan puñal en mano. Su mujer Antonia por casi se desmaya al verlo. Pero enseguida comprende sus intenciones. Sabe a lo que se arriesga, lo mira con lágrimas en los ojos y asiente sin pronunciar palabra.
Desde aquel día Francisco Hurtado va a ser para el sector de la delincuencia jerezana Pepe El Gitano, nombre que toma de su fallido confidente. Abandonará su trabajo en el banco, se vestirá cada mañana con su disfraz de facineroso y acudirá a entablar amistad con los que él cree asesinos de su hijo. Oculta entre la ropa llevará una grabadora. Habrá aprendido a ponerla en marcha con disimulo. Frecuenta el parque La Asunción y a los pocos días ya ha contactado con Pedro Asencio, uno de los sospechosos. Fuma cigarros con él. Le ofrece de los suyos. Necesita ganar su confianza. Le cuenta que acaba de llegar de la parte norte del país, que busca la manera de ganar dinero, de encontrar amigos. Pedro Asencio oye y calla. Es cauto. No le gusta irse de la lengua con desconocidos. Está esperando el juicio por la muerte de Juan Holgado y debe mirar lo que habla. Pero Pepe El Gitano – el Padre Coraje en realidad -, venciendo su natural aversión contra quien piensa que ha podido asesinar a su hijo, se muestra amable, obsequioso. Finalmente, Pedro Asencio lo acepta como amigo. Pepe El Gitano tiene vía libre para moverse en el mundo del hampa. Contacta con algún componente. La grabadora no cesa de registrar conversaciones. En una ocasión Asencio le participa a su disfrazado amigo: “Si me ponen delante a Escalante, Sañudo y Dominguín, yo les saco la verdad si saben algo”. Asencio sospecha sobre todo de Escalante, del que dice: “No me fío. O sabe algo o se quedó en el coche y vio todo lo que pasaba”. Y sobre sí mismo, Asencio le dice al Padre Coraje: “Te juro por mi santa madre que no le quito la vida así a un chaval”.
El hombre aquel que dice llegar del norte pregunta demasiado. Asencio, a veces, pierde la calma: “¿Ya me estás acusando otra vez? Yo lo que quiero es coger a quien tenga algo que ver”. Francisco Holgado, el Padre Coraje, tiene que ser prudente. Su insistencia, su obsesivo tema de conversación - la muerte del joven de la gasolinera - puede levantar sospechas. Entonces calla. Ofrece tabaco, invita a unas cervezas, trata de derribar las suspicacias que sus preguntas levantan. Hay momentos en que se ve en la boca del lobo, a expensas de que ese lobo apriete sus fauces y le arranque la cabeza. Pero una fuerza interior, un coraje indomable, le obliga a seguir. No quiere que el crimen de su hijo quede impune. Cuando en febrero de 1999 se inicia el juicio por la muerte de Juan Holgado en la Audiencia Provincial de Cádiz, el Padre Coraje, ya dispone de cientos de horas de grabación. Él piensa que esas cintas contienen declaraciones muy graves que pueden inclinar la balanza de la justicia hacia el lado de la condena para Pedro Asencio, Manuel Sañudo, Domingo Gómez y Franciso Escalante. Pero el tribunal de la Audiencia Provincial de Cádiz no admite las cintas como pruebas inculpatorias y los cuatro hombres que se sientan en el banquillo son declarados inocentes.
Francisco Holgado recurrió al tribunal Supremo y este organismo determinó en Julio del año 2002 que el juicio debía volverse a realizar tomando en consideración las cintas y las declaraciones de la ex mujer de Pedro Asencio que por formalidades de procedimiento no pudieron ser escuchadas en el primer juicio. La lucha del Padre Coraje continuaba. Un nuevo capítulo se escribiría en Octubre del 2003, cuando se celebró el segundo juicio.

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