miércoles, 22 de julio de 2009

EL CRIMEN DE CUENCA

crimen de Cuenca: Crónica de un desventurado error
Cuando José María Grimaldos López regresaba a su casa de Tresjuncos se les quejaba a los suyos. No sabía cómo acabaría el acoso a que le sometían el mayoral y el guarda de la finca donde trabajaba en Osa de la Vega.
Se pasaban el día metiéndose con él, burlándose, gastándole bromas. Se aprovechaban de que el amo, Francisco-Antonio Ruiz, confiaba en ellos y no aparecía demasiado por el campo para pedir cuentas o para supervisar personalmente las tareas emprendidas.
José María Grimaldos trabajaba de pastor. Tenía 28 años y su vida discurría entre ovejas, a cuyo cuidado dedicaba la mayor parte del día. José María se había criado al lado de los animales. Los conocía y los quería. En cambio, con las personas las cosas andaban de otro modo. Desde pequeño, había sufrido insultos, vejaciones, abusos. Su pequeña estatura había contribuido a que se le llamase “el Cepa”. El joven Grimaldos había tenido una gran suerte cuando entró a trabajar en la finca de don Francisco-Antonio Ruiz. Allí tendría un sueldo, y aunque exiguo, asegurado. El trabajo de pastor, ciertamente, no era una gran cosa ni le iba a permitir hacer progresos en la vida. Un día transcurría igual a otro, y éste se hermanaba con el siguiente en una monótona cadena que muy pocos podían resistir más allá de algunos meses. El escaso trato con la gente, convertía al pastor en una persona hosca y de mirada huidiza.
El 20 de agosto de 1910, tras vender unas ovejas, José María se dirige a La Celadilla dispuesto a bañarse. Por la noche ya no regresaría a la finca. Al día siguiente de su desaparición, salta la alarma en Osa de la Vega. ¿Qué ha podido sucederle al zagal? En la España de comienzos del siglo XX abunda el bandolerismo. Su tardanza en regresar despierta los malos augurios. El mayoral, León Sánchez, y el guarda, Gregorio Valero, se impacientan. Salen con sus cabalgaduras a dar una batida. No hay rastro del muchacho. Se dirigen, entonces, al pueblo y dan la voz de alarma. Los vecinos se organizan en grupos. José María ha podido quedar tendido en los viñedos, en un campo de olivos o entre las espigas densas y altas de los trigales. La búsqueda, aunque infructuosa, se prolonga tras la puesta del sol con la ayuda de los perros y de los fanalillos de aceite que portan los que han intuido que la noche se presentaría negra y larga.
Pasan los días y José María sigue sin dar señales de vida. En Osa de la Vega cada vez van siendo menos los que miran hacia el horizonte con la esperanza de ver regresar al zagal de la finca de don Francisco-Antonio Ruiz. La espera se hace insoportable, sobre todo para los allegados del desaparecido. Los familiares no creen que lo haya despedazado un lobo, como comenta el guarda Gregorio Valero. Poco a poco va germinando una idea en sus cabezas. Recuerdan que José María se quejaba sin cesar del trato que le dispensaban el mayoral y el guarda. Acostumbraba describirlos a ambos como a dos hombretones sin escrúpulos que gozaban con el sufrimiento que le inferían con sus burlas. Eran mala gente, sí; eran mala gente, se repetían una y otra vez, recelosos y desconfiados, los familiares del zagal desaparecido. Finalmente, no encontraron otra explicación que el asesinato. Creyeron que León y Gregorio habrían matado a José María y, tras robarle el dinero de la venta de ovejas, lo habían enterrado en algún lugar oculto. Persuadidos de ello, los familiares de José María Grimaldos se presentaron ante el juez de Belmonte y realizaron la correspondiente denuncia. Se abren diligencias y en el mes de septiembre de 1911 el juez considera la causa sobreseída por falta de pruebas en las que sustentar las denuncias presentadas por la familia.
Dos años después llega a Belmonte un nuevo juez. Se trata de don Emilio Isasa Echenique. Es un hombre con una filosofía de la vida muy definida. El país se desmembra porque no hay mano dura. La impunidad campea por doquier y los asesinos no encuentran quien los escarmiente. El juez va poseído por esa especie de mandato divino que le ordena actuar con severidad. Sus oídos se hallan muy abiertos para escuchar las acusaciones de los familiares de José María que insisten en su teoría del asesinato. El juez Isasa pasa pronto a la acción: manda detener a los dos sospechosos y los pone en manos de la Guardia Civil. Son tiempos en los que la Benemérita se compone de agentes sin ninguna formación. Muchos de ellos, como gran parte de la sociedad española de aquellos años, se declaran analfabetos. Con un fusil en las manos se creen los dueños del mundo. Espoleados, además, por el juez Isasa, que les da alas, que los arenga y que les marca personalmente la línea de acción, emplean todo tipo de presiones y de torturas físicas para que León y Gregorio se declaren culpables de un crimen que ellos juran no haber cometido. Mientras tanto, en Osa de la Vega y en Tresjuncos, pueblo de El Cepa, ya se ha consolidado la creencia de que José María fue asesinado y que el juez Isasa es un hombre providencial que evitará que los asesinos queden exculpados. Si alguien hubiera osado poner en cuestión este hecho, no se le consideraría en sus cabales. La sentencia popular ya estaba emitida y circulaba con absoluta unanimidad.
Arropado, pues, por una opinión pública favorable y, finalmente, por la confesión de los mismos reos, aterrados ante las torturas, a finales de 1913 el juez don Emilio Isasa le ordena al juez municipal de Osa de la Vega que extienda un acta de defunción en los términos siguientes: “…que José María Grimaldos López, falleció a las 8,30 o 9 de la noche del 21 de agosto de 1910 en el palomar de la “Virgen de la Vega” de este término municipal a consecuencia de haber sido asesinado por León Sánchez y Gregorio Valero…”.En el acta de defunción no se determinaba en qué paraje se había encontrado el cuerpo de la desgraciada víctima. Tanto el mayoral como el guarda, para huir del castigo corporal al que estaban siendo sometidos, tras su autoinculpación señalaron diversos lugares en donde pudiera hallarse el cuerpo del delito. Pero todas las búsquedas resultaban infructuosas.
En 1918 los dos reos comparecen ante el juez en la Audiencia Provincial de Cuenca. Este juicio ha pasado a la historia como paradigma de un montaje pseudojudicial en el que todos los papeles ya estaban repartidos y el guión escrito de antemano. Los dos inculpados no pueden escapar de su condición de víctimas y, finalmente, son condenados a 18 años de cárcel. Era el 28 de mayo y, en esa fecha, León Sánchez y Gregorio Valero ya llevaban 4 años y medio en prisión. El 4 de Julio de 1925, tras 12 años y 2 meses de condena cumplida, ambos reos, en virtud de un indulto, son puestos en libertad.
La paz y el sosiego ya habían vuelto a las pequeñas poblaciones de Osa de la Vega y Tresjuncos. Medio año después, en febrero de 1926, el cura de este segundo pueblo recibe una carta del párroco de Mira solicitándole la partida de nacimiento de José María Grimaldo López con la finalidad de que éste pueda contraer matrimonio. El cura de Tresjuncos cree morir del sobresalto. Entonces…, si no ha muerto, ¿los hombres que han pagado con cárcel…? El cura se amilana. Todo el pueblo, él mismo, han estado convencidos de la mala naturaleza del guarda y del mayoral. Todos han contribuido a lapidarlos moralmente antes de que la Guardia Civil los lapidara físicamente.
¿Qué hacer ahora?Por lo pronto, el cura de Tresjuncos oculta la noticia. Da la callada por respuesta. Pero José María Grimaldo, que se impaciencia por la tardanza de su partida de nacimiento, viaja hasta el pueblo. Su presencia provoca un auténtico revuelo. Creen estar viendo a un fantasma. Se frotan los ojos. Finalmente, se persuaden del error que han cometido con dos hombres que, mientras pudieron resistir las torturas, siempre habían proclamado su inocencia. Pero los hechos se hallaban situados ya en la línea de lo irreversible. En España estalla la indignación por el error judicial cometido. La prensa contribuye a caldear el ambiente. Nadie entiende cómo José María ha podido permanecer 16 años sin dar señales de vida y sin enterarse de la dramática situación que había provocado en la existencia de dos hombres tras su enigmática desaparición. El ministro de Gracia y Justicia se ve precisado a intervenir ordenando la revisión de la sentencia de la Audiencia Provincial de Cuenca del año 1918. Son muy explícitas las palabras que se emplean en esta solicitud. Se dice que “hay fundamentos bastantes para estimar que la confesión de los reos Valero y Sánchez, base esencial de su condena, fue arrancada en el sumario mediante violencias inusitadas”.
En esta historia no se concreta muy bien si José María Grimaldos López llegó a tener conciencia plena del daño inferido con su desaparición a los dos antiguos compañeros de trabajo, pero lo cierto es que estos maltrechos hombres ya no pudieron continuar sus vidas en su pueblo, entre los suyos, entre unas gentes que los habían condenado sin motivo alguno, a pesar de que sus voces, recias mientras pudieron, no cesaron de reclamar su inocencia, su más completa inocencia.

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